Rose salió de aquel lugar a toda prisa seguida de Ren por los pasillos. El corazón le iba a mil por hora. Desde el día anterior habían pasado tantas cosas, se había visto implicada en tantos problemas, que sentía un dolor en el pecho constante. ¿Y ahora qué? El joven la acompañó hasta la habitación en la que había dormido la noche anterior, pero se quedó fuera. Ella solo tuvo que entrar, quitarse el kimono y volver a ponerse su ropa, aquella destrozada. No pudo hacer otra cosa que volver a ponerse la chaqueta del joven, de ahí a que saliese con la cabeza cabizbaja -¿Te importa?- él negó con la cabeza. No pasaba nada. La llevaría a su casa.
Rose y Ren entraron en el coche de este último. Por comodidad, ella volvió a sentarse detrás. No deseaba más contactos después del que había tenido con Sakura. Por suerte, éste no fue doloroso. Era una mujer de mente constantemente abierta, libre. Aun así, lo que vio en ella no le gustó demasiado. ¿Por qué era tan...? Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando Ren se disculpó por todo lo que había sucedido. La chica no pudo decir nada. No es que le culpase a él directamente ni mucho menos, pero no podía evitar meter a todos aquellos mafiosos en un mismo saco. El hombre imaginaba que debían haber sido unos días duros para ella. Sabía perfectamente que no era plato del agrado de ningún civil tener nada que ver con ellos. Otra vez, Rose no supo que contestar. ¿Que podía decir? Simplemente, suspiró. Dado que no hablaba, el joven se preguntó si la estaba entendiendo, con aquel inglés tan mal trabajado y torpe -Sí, sí... se hablar algo de japonés. Mas hablar que escribir- respondió en el idioma de él. -A veces entiendo bien, si el vocabulario es fácil- añadió. Ren soltó un bufido y después una risa, pensando que le había obligado a hablar en inglés para nada -Lo siento, es que... estaba algo asustada- ¿Y seguía asustada? -Sí- respondió. ¿Para qué mentir? Tragó saliva. Observó como los hombros de Ren se relajaban mientras conducía. No parecía... malo. La miró por el retrovisor, curioso de saber de donde era realmente -Nueva York. Vine hace dos años- El hombre recordó que, tal y como se dijo, la deuda que ella había contraído era de hacía dos años y a cambio de un visado -De permanencia. Pero... pero no soy asesina en serie ni nada de eso- se adelantó a decir, sudorosa. De hecho... era algo parecido, pero él no debía saberlo. -Huí de mi marido. Me... ¿Como se dice aquí? Me daba golpes, me pegaba, era violento- explicó. Quizás Ren sintió lástima, puesto que volvió a disculparse si su situación no había mejorado tras huir. Debía ser duro -Lo es- Tras eso, explicó que seguramente el Oyabun, como así llamaban al jefe, querría nuevamente sus servicios -¿De verdad vais a perdonarme la deuda sirviendo té y sake?- la incredulidad con la que preguntó, hizo gracia al hombre, que asintió -Sin sexo- No -Sin nada más que acompañaros- Exacto. Rose se recostó sobre el asiento, más cómodamente -¿Y seguiré... estando en peligro?- En absoluto. Y mucho menos si el Oyabun le pedía estar a su lado -Pero esa mujer... habló de una guerra- al mencionar aquello, el coche se envolvió en un silencio aterrador. Ninguno de los dos dijo nada, ni tan si quiera se miraron por el retrovisor. Tras unos minutos, Ren le sugirió que lo mejor que podía hacer era tomar el trabajo y liquidar la deuda cuanto antes. Después, si no lo deseaba, se las arreglarían para que la relación laboral acabase ahí. Rose supo que aunque no estuviese de acuerdo en eso, no podía objetar. Una deuda era una deuda. -Vivo cerca de aquí- quiso saber donde -Mejor... déjame aquí- no hizo falta decir más para saber que Rose era desconfiada. Ren paró el coche donde pudo y bajó el primero para abrir la puerta de la chica. Hizo el intento de quitarse la chaqueta a pesar de todo, pero Ren se negó. Era mejor no pasar frío y estar casi desnuda en el camino hasta la puerta. Se la devolvería la próxima vez, cuando la llamase. Por eso, preguntó por su numero. -Mi número... yo...- se palpó la ropa. Nada. -He... he debido perder el bolso. Mierda... llevaba todo el dinero ahí- Fue impresionante la forma en la que Ren rebuscó en su bolsillo para tomar su cartera, sin dudar -¡No! ¡No! ¡No quiero tener mas deudas ni dinero vuestro, de verdad! Entiéndeme...- Al hombre volvió a hacerle gracia el apuro de la chica, y aun así, sacó 14.000 yens. Se los dio. No era de él. Era su paga por su trabajo. -Pero la deuda...- La deuda iba a parte. Necesitada de dinero, acabó por tomarlo y guardarlo en el bolsillo de la chaqueta. -No tengo móvil- Entonces se verían ahí mismo, en ese mismo sitio, al día siguiente a las 19:00. ¡¿Al día siguiente?! ¿Tan pronto? No pudo hacer otra cosa que asentir y... sin pensarselo dos veces, le sostuvo una mano. Ren se quedó extrañado, pero ella le miró sin tan siquiera pestañear. Y en él vio miedo, mucho miedo, cansancio y lástima. No le soltó la mano, necesitaba saber un poco más. Y entonces, lo encontró. Lástima. Ella le daba lástima. Cuando lo supo, le soltó. -Lo... lo siento. Perdóname. Estoy cansada, quiero irme ya- Él asintió -Hasta mañana entonces...- tras hacerle un gesto con la mano, desapareció de aquella esquina.
Cuando llegó a casa, un sin fin de sentimientos y miedos se desplomaron sobre ella. En la oscuridad de su pequeño salón, se desplomó. La habían secuestrado, casi violado, llevado contra su voluntad a varios sitios y ahora trabajaba para la yakuza. Para colmo, los efectos secundarios de entrar en una mente cerrada empezaban a aparecer. Ese dolor de cabeza tan incesante... Se arrastró hacia el baño como pudo para desmaquillarse y refrescarse la cara. Cuando se miró al espejo, encontró un rostro demacrado y lleno de golpes, temeroso, perdido... ¿En qué demonios se estaba convirtiendo?
Era muy temprano cuando la puerta del pequeño piso de Rose fue golpeada desde el otro lado. O eso, o una vez más había dormido demasiado. Se frotó un ojo, extrañada. ¿Quien demonios golpeaba la puerta con tanta insistencia? No podía ser que... Rápidamente, salio del futón. Ignorando que vestía un pijama de conejitos blancos, corrió hacia la puerta y al observar por la mirilla, suspiró de alivio. Luego, abrió la puerta. -Taro sensei-
-¡Rose! ¡¿Donde estabas?! ¿Qué... qué te ha pasado?- preguntó al observar su rostro decorado con algunos moratones -¿Qué es eso?-
-Es... es una larga historia-
-Estuve llamándote todo el día. Me quedé preocupado por tu situación cuando me fui el otro día-
-Lo siento, es que perdí el móvil y...-
-La verdad, Rose. Sabes que puedes contármela. Te he ayudado desde que llegaste a este país- Rose lo sabía, era consciente de ello.
-Akio...- le llamó por primera vez por su nombre -Tú conoces bien como trabaja la yakuza... ¿No?- aquella pregunta dejó helado al hombre, quien pasó cuando la chica se lo permitió. De alguna forma, tenía que contarle su historia.
Blood & Honor
jueves, 24 de agosto de 2017
-¡Ayuda, por favor!- llegó a gritar Hanabi justo antes de que los yakuza entrasen en la oficina, la casa oficial en la que residía el Oyabun. Ren fue el que se encargó de acercarse a toda prisa para ayudar a Hanabi a sostener a la muchacha que se había desvanecido -Ayuda, ayuda- repitió, porque le venía grande
-Tranquila, no te asustes ¿Quieres?- preguntó Ren con paciencia, cargando a Rose con cuidado en los brazos
-¿Puedes con ella tú solo?-
-He cogido cosas peores. Esta chica es casi una pluma- sonrió a Hanabi con simpatía -Vamos, entrad todos. Es mejor que no llamemos la atención- y así lo hicieron, obedeciendo al apadrinado del Oyabun. Dentro de la mansión, todo estaba bañado por un lujo refiniado y clásico. Se notaba el poderío económico del que hacía gala el clan Uchiwa, pues no eran menos que el clan que dirigía la familia Shin, pero a su vez, Uchiwa Saito era un gran amante de la cultura clásica y el folclore japonés, al que se sentía muy arraigado. Caminar por la casa era similar a viajar tiempo atrás, a un periodo donde el honor era la máxima moneda de cambio. Hanabi y el resto de los rescatados pensaban que en cualquier momento se encontrarían con unos samurais o un shogun, quizá un señor feudal que los expulsaría de su castillo. Sin embargo, quienes los recibieron fueron un grupo de tres yakuza elegantemente vestidos pero con unos aires de peligrosidad que les impedía no tener un nudo en el estómago
-¿Qué ha ocurrido? ¿Quienes son estas chicas y esos hombres?-
-Sanada, soy yo- dijo Ren aproximándose con Rose en brazos
-¿Va todo bien, Ren-san? ¿Qué está pasando?- preguntó Sanada, quitándose las gafas de sol. Era de noche y estaba en una mansión, sí, pero tan bien iluminada que se permitía el lujo de llevarlas. Sanada adoraba sus gafas de sol. Se las regaló su hijo.
-Hemos sufrido como esperabamos un ataque. Estas chicas y esos muchachos fueron raptados para prostitución. Esta joven que llevo en brazos también-
-¿Una extranjera? Maldita sea ¿Y hombres también? ¿Quién cojones ha atacado?-
-A juzgar por las furgonetas, han sido los Endo-
-¿¡Los Endo!?- bufó curioso
-Llama a Saito-san, por favor. Necesito contárselo en persona- Sanada asintió y se marchó con los otros dos. En cuestión de minutos volvió a aparecer para llamar a Ren, indicando que pasasen todos al salón donde los recibiría. Era a todas luces una clásica habitación de un periodo Samurai. No había muebles, sólo puertas corredizas. En una pared había una elegantísima y bien cuidada armadura samurai roja como la sangre. En el resto de paredes había pergaminos con haikus y caligrafía de la más cuidada. Frente a la armadura samurai, sentado en postura seiza y ataviado con un hakama color azul mar con bordados de dragón en las mangas, se encontraba Saito acompañado por unos guardaespaldas, uno a cada lado. Hiyori, su esposa, también estaba a su lado, al igual que estaban presentes Aiko y Koji, sus hijos
-¡Aniki!- se fue a levantar Koji al ver a Ren, pero la mirada de éste le indicó que permaneciera sentado
-¿Está herida?- preguntó con serenidad Saito al ver a Rose en los brazos de Ren
-Sólo inconsciente- la dejó con sumo cuidado en el suelo
-Traed agua para la chica- ordenó y en cuestión de segundos así fue. Le vertieron algo de agua en los labios y le pusieron un paño húmedo en la frente. Rose encogió ligeramente el rostro. No estaba del todo inconsciente
-¿Qué ha sucedido?- preguntó Saito inclinándose ligeramente hacia delante
-La familia Endo ha atacado hoy Kabukicho. Han formado un escándalo. Esos bastardos han atraido la atención de la policía sobre nosotros a sabiendas. Quisieron secuestrar a estas chicas y a esos dos chicos para llevarlos a una red de prostitución-
-¿Ha habido muertos?-
-Varios-
-¿Civiles?-
-Se cuentan civiles entre ellos- bajó la cabeza Ren. Hubo un momento de tenso silencio en la sala
-En nombre de la familia Shin, quiero disculparme, chicas y chicos, por lo sucedido- inclinó la cabeza -No será suficiente, pero quiero obsequiaros por el dolor sufrido. Seréis recompensados- dicho eso, susurró al oido de uno de los guardaespaldas y éste se marchó, pidiendo a las mujeres y hombres que lo siguieran, salvo Rose, que aún estaba indispuesta. Una vez se fueron y cerraron la puerta corrediza dejando a Ren junto a una malograda Rose en la habitación, Saito golpeó con fuerza el suelo con su puño -¿¡Por quién demonios nos han tomado!?- rugió -¡Esto no puede tolerarse, maldita sea!-
-Lo sé, señor- bajó la cabeza de nuevo Ren -No pudimos evitarlo. El caos, el miedo...-
-Lo sé, Ren, lo sé. No esperes bajo ningún concepto ser tachado de responsable. Pero no podemos pasar esto por alto esta afrenta. Ha sido claramente intencionado y echando sal en el jardín tras cortar las rosas-
-¿Declararemos una guerra? ¿Debemos ir?-
-No- se cruzó de brazos, pensativo -Debemos aislarlos primero, dejarles sin poder, dejarles sin...- Rose empezó a espabilar en ese momento, quitándose, aturdida, el paño húmedo de la frente. Aún cubierta con la chaqueta se intentpo incorporar, sólo para ver en qué clase de lugar estaba. Al girarse vio a Saito y su familia, así como su guardaespaldas. No pudo evitar asustarse
-Tranquila. Estás a salvo. Él es Uchiwa Saito, nuestro Oyabun, el máximo jefe de la familia Shin. Estás bajo su protección-
-Esperaba que te despertaras, niña- asintió con la cabeza -Aoma, llévate a la extranjera, dale ropas nuevas y todo lo que necesite-
-Sí, Oyabun- Aoma se acercó a Rose y le tendió una mano para ayudarla a levantarse, pero ésta no lo hizo -Eh, debes venir-
-No te entiende- suspiró Ren -El te da ropa- dijo Ren esforzando su torpe inglés
-Señorita- terció entonces Saito en un perfecto inglés -Por favor, si es tan amable, acompañe a mi guardaespaldas Aoma. Le dará comida, agua y ropa, como a las demás. No debe temer- Rose sintió un inmenso alivio al ver que se podía entender nada más y nada menos que con el mismísimo Oyabun de una familia yakuza. Fue a ponerse en pie ella misma, sin tocar a nadie, cuando sintió un escrutinio familiar
-Espera un momento. Tú eres esa chica, la del visado- la señaló Aoma -Oyabun, esta chica me debe dinero. Bastante, además-
-¿Es eso cierto, señorita? ¿Nos debe dinero?- Rose estudió el rostro de Aoma y lo reconoció al instante. Mierda. Estaba en la casa del jefe de la yakuza a la que debía 100.000 yenes por un visado. Estaba perdida -¿Cuanto hace ya de esa deuda, Aoma?- preguntó interesado Saito
-Dos años-
-¡Dos años!- se echó a reir sorprendentemente -¿Qué clase de yakuza eres tú que permites una deuda de dos años?- Aoma bajó el rostro avergonzado
-¡Lo siento, Oyabun!- se arrodilló
-Da igual, has hecho bien. Es una extranjera y no tiene pinta de estar rebosante de dinero- la miró de arriba abajo -Pero una deuda es una deuda- le dijo a Rose en inglés -Señorita- Rose le aclaró su nombre -Rose-san- inclinó la cabeza Saito -¿Estaría interesada en pagar su deuda de una forma no económica?- la chica le miraba interesada y ante la situación, asintió -Bien. Primero come y bebe algo, vístete y hablaremos- y así lo hizo. Aoma se la llevó sólo para darle una botella de agua y entregarme un hermoso kimono que bien podría haber sido una prenda ceremonial. Debía de costar miles de yenes y aún así se lo dieron como si nada. Era tan suave que casi podía ser una prenda de pijama. Para comer le ofrecieron un cuenco de delicioso tonkatsu y sopa de miso. Una vez lista, una hora después, fue recibida de nuevo en la sala del Oyabun -Bienvenida de nuevo- Rose se disculpó por la espera -No hay problema. Hemos tenido tiempo Ren-kun y yo de hablar en este tiempo- la chica miró a Ren. De modo que ese era su nombre y realmente era un yakuza. Ren inclinó la cabeza ante su mirada -Me temo que son altas horas en la noche señorita Rose así que iré al grano. Pasarás aquí la noche. Mañana haré llamar a un importante miembro de la yakuza en japón y necesito que trabaje para mí como anfitriona- Rose se sorprendió ¿Anfitriona? -No debes alarmarte. No hay ningún servicio sexual en esto. No formamos parte de la prostitución. Sólo servirás las copas, brindarás el servicio que nuestro invitado te pida, pero en ningún lugar estarás más a salvo que aquí. Yo estaré presente en la reunión. Nos servirás a ambos- todo era muy precipitado, demasiado, tanto que casi sintió que se mareaba de nuevo ¿Pero le quedaba otra opción? Todos los ojos estaban depositados en ella -Cumple este servicio y lo intercambiarás por tu deuda. No sólo eso, sino que cobrarás por ello. Eres una chica hermosa. Estoy seguro de que lucirás y lo harás de maravilla- Rose se inclinó ante tal alabanza, aunque incómoda. No le quedó otra que aceptar. Saito se puso en pie y ordenó a Ren que la llevase a una habitación de invitados cualquiera donde pasar la noche.
De camino a la habitación, Ren y Rose no intercambiaron ninguna palabra. Atravesaron largos pasillos como si fuese un castillo feudal ¿Cómo de grande era esa casa? La chica estaba realmente sorprendida y no sólo por el hogar, sino por el trato recibido ¿Desde cuando la yakuza era tan educada y formal? Sabiendo que tenía una deuda y encima le ofrecen un trabajo para pagarla, cobrando un sueldo a parte. Debían de estar locos. No, debían de estar burlándose de ella -Es aquí- dijo de pronto, como si hubiese elegido una al azar. Abrió la puerta corrediza para mostrar una habitación simple, igualmente sin muebles, con un futón en el suelo. Al menos en la pared había pinturas exquisitas del japón feudal, verdaderamente hermosas, con pinturas de tono pastel -Por favor, si salir llamar a alguien- pidió educadamente Ren -Sitios aquí que no puedes entrar. Espero que lo entiendas- se inclinó respetuosamente -Buenas noches- Ren se marchó sin apenas dejar espacio a Rose para decir alguna palabra. Aquella noche, esa sería su estancia. Se atrevía a decir que, si no fuera por los nervios, el estrés, el miedo y el aún recurrente dolor de cabeza, podría haber dormido mejor que en su casa.
Al día siguiente Rose se despertó asediada por una joven muchacha. No era otra que Aiko, la hija de Saito. La chica era seria, diligente, incluso borde. Abrió la puerta sin educación alguna y sacudió a Rose sin el menor decoro, sólo para indicarle que se levantara. Debía de estar vestida y preparada en seguida. Rose no llegó a preguntar qué hora era cuando de por sí Aiko le espetó que eran casi las 12 de la tarde ¿¡Cuanto había podido dormir!? Esos dones, o maldiciones, que Rose poseía podían dejarla verdaderamente exhausta, incluso cuando podía decir que no había "dormido bien". Aiko se encargó de ayudarla con el kimono, algo atosigada. Finalmente le dio algo de maquillaje y le dio consejos de cómo embellecerse. En cuestión de casi una hora estuvo preparada y fue guiada por la hija del jefe hasta la sala de reuniones, la misma donde estuvo la noche anterior -Ah, señorita Rose- saludó amable Saito -Ohayo gozaimasu- esas palabras Rose las conocía, los buenos días. Las devolvió con amabiliad y educación -Por favor, ve al recibidor y brinda a nuestro invitado aquí en cuanto llegue- decía en perfecto inglés para que ella le entendiera. Asintiendo, se marchó, de nuevo guiada por Aiko, hasta el recibidor. El trayecto era bastante sencillo por lo que no sería en absoluto difícil recordarlo. Una vez allí, estuvo sola cerca de una hora y media, tarareando, pensando, reflexionando, sin nada más que hacer salvo aburrirse y observar lo hermoso que era el recibidor. Finalmente, por fin oyó algunos coches aparcar frente a la casa. Tras la puerta corrediza aparecieron sombras que abrieron la misma. Lo que Rose vio era sorprendente. Jamás había visto a hombres con rostros y miradas tan crueles. Sin duda, pensó, el del medio era el jefe. Alto, mayor, con gafas de sol y un peinado algo de los 80 hacia atrás. Echaron un vistazo al recibidor y después clavaron la mirada en Rose. Al ver que todo estaba limpio, se hicieron a un lado para dejar paso a una chica tan brillante como el sol. Para Rose era como observar a una geisha. Su piel pálida era hermosa como la porcelana, perfectamente maquillada y unos labios rojos como manzanas maduras listas para ser devoradas. Iba vestida con una camisa blanca de tela fina que dejaba adivinar un poco los encantos bajo el sujetador sin necesidad de esforzarse mucho, perfectamente convinada con unos pantalones altos, negros al igual que los tacones. Debido a su belleza, Rose tardó unos instantes en saludarla como era debido
-¡Eh, mocosa! ¿¡Cómo te atreves a saludar con tanta descortesía a la Oyabun!?- dijo aquel tipo mayor que parecía el jefe, pero si Rose no lo malentendió demasiado estaba diciendo que esa mujer... ¿¡Esa mujer era la Oyabun!?
-Ah, Kyo, no es necesario ser tan efusivo. Mírala, es una anfitriona joven y además extranjera- sonrió dulce como el azucar -Qué hermosa. Realmente hermosa...- se acercó a Rose con paso elegante, con aire seductor. De más cerca, Rose podía ver que la camisa dejaba entrever una gran cantidad de tatuajes en su piel al ser la tela fina. Incluso en sus pechos había pobladas sombras oscuras de la tinta -Me llamo Suzuka Sakura. Llámame Sakura, por favor- Rose se inclinó respetuosamente presentando su nombre, pero Sakura la tomó del rostro y la miró a los ojos -¿Rose...? ¿También te llamas como una flor?- sonrió -Encantada de conocerte, Rose- y la besó con con la pasión con la que se besan dos amantes. Rose apenas pudo evitar sentir la lengua de la joven saboreando cada parte de sus labios y su boca. Estaba congelada. No había sido algo sucio per sé. Había sido verdaderamente entregado. Fue cálido y húmedo -Qué mona- rió al verla tan helada -Y no se te ha quedado nada del pintalabios...- le guiñó el ojo -¿Me llevas hasta Saito-san, por favor?-
Como un fantasma sin demasiada consciencia de sí misma, Rose la llevó hasta la sala. Allí, junto a Saito, estaban su hijo Koji y Ren. Los tres descamsiados, mostrando los tatuajes. Rose no supo dónde mirar exactamente. Los tatuajes de los yakuza eran muy llamativos -Sakura-san- dijo Saito, inclinándose ante ella -Es de agradecer enormemente vuestra apariencia en nuestro humilde hogar-
-Saito-san. Koji-kun- se inclinó ante ambos -¿Y tú eres?-
-Yagami Ren- dijo sin inclinarse, manteniendo una mirada desafiante
-Me gustas- contestó ella -Un placer Yagami Ren. Tienes un buen acero ahí abajo para no inclinar la cabeza ante tus mayores-
-Me atrevo a decir que soy mayor que tú-
-En edad sí. En rango, te faltan años-
-No soy de tu clan, ni de tu familia-
-De momento-
-Hermana Sakura-san, por favor, dejemos de lado las amenazas. Te he convocado aquí para dialogar y negociar sobre unos eventos ocurridos anoche en Kabukicho con respecto a la familia Endo-
-Estoy al tanto de lo ocurrido, Saito-san- se sentó en la postura seiza ante los tres hombres y sorprendentemente para Rose, se descamisó y no sólo eso, sino que se privó del sujetador también. Casi parecía estar vestida al llevar tantos tatuajes encima, incluso recubriendo sus pechos casi por completo. Saito no reaccionó de ninguna forma, aunque frunció el ceño. Koji bajó la mirada instantaneamente a sus senos y Ren apretó los puños -¿Igualdad de condiciones, no?- sonrió ella desafiante -Tres muchachotes haciendo gala de sus tatuajes como pájaros en celo mostrando sus plumas a la hembra a la que quieren impresionar. No esperéis menos de mí. Soy la Oyabun de la familia Akuhana-
-No era nuestra intención- dijo Saito, aclaratorio -Rose-san, por favor, algo de sake- Rose obedeció ipso facto. El sake ya estaba colocado en una esquina de la habitación. Recordaba haber visto ceremonias en series y películas cuando tenía tiempo, o en anuncios publicitarios. Lo hizo lo mejor que pudo, sirviendo en seiza a cada uno de los presentes
-Qué manos tan delicadas- observó Sakura -Y qué ojos tan curiosos. Me gustan esos colores ¿Te gustan a ti mis tatuajes? Puedes observar cada detalle cuanto quieras-
-Sakura-san, por favor- Saito se puso nervioso por un instante -Ella es sólo una trabajadora. No tiene nada que ver con esta conversación-
-Y sin embargo aquí está mientras mis hombres esperan fuera. Me dirigiré a ella si me place-
-Para ser una Oyabun es algo descarada y descortés- observó Ren -¿Es esta la nueva sangre?-
-Dímelo tú, chico guapo, apenas me sacas unos años ¿Si fueras Oyabun cómo serías?-
-No me lo planteo, no tengo intención de serlo- ante aquella respuesta, Sakura soltó una risa irónica
-Los lobos siempre luchan por ser el alfa de la manada-
-Yo sólo soy un perro al servicio del lobo alfa en esta familia-
-Los lobos más peligrosos son los que parecen dóciles perros- se miraron fijamente y Saito carraspeó
-Suficiente. Los dos- los miró a ambos -Observando la situación, Sakura-san, me temo que he de ir directamente al grano-
-Por favor, tengo cosas que hacer- asintió ella
-Ante el ataque de la familia Endo, sería un honor para mi contar con el apoyo de la familia Akuhana en futuras refriegas. La situación, de seguir así, es insostenible, y necesitamos músculo para aguantar-
-Saito-san...- Sakura bebió del sake con delicadeza -Desde hace años que nos conocemos. De hecho, me viste ascender hasta ser la Oyabun de los Akuhana- Saito asintió -Desde entonces hemos mantenido una relación de lo más cordial, me atrevo a decir. Sería para mí un placer prestar ayuda a una familia tan brillante, pulcra y leal a los principios como la familia Shin- Saito fue a sonreir -No obstante, lo haría, claro, si no fuera porque sois un grupo de ciegos que no quieren ver-
-¿Qué...?-
-La guerra empezó hace ya mucho tiempo, Saito, y lo has ignorado como ignora el niño rebelde a sus mayores. Todo cuanto ha venido sucediendo, hasta el ataque de anoche a Kabukicho, todo era predecible ¿Y habéis hecho algo para prevenirlo? ¿Dónde estaban las armas? ¿Dónde está la sangre de vuestros enemigos?- Saito frunció el ceño hasta un punto que debía dolerle -Lo lamento, querido y viejo amigo, pero qué clase de beneficio traería a mi familia asociarme con el perdedor. La familia Shin sois una manada de lobos heridos. Vuestra sangre riegan las nieves del duro invierno que está por azotar este país. Yo quiero seguir aullando a la luna muchos años más-
-Entonces has venido a sabiendas de que ya habías elegido un bando- dijo sereno
-Quizá ibas a ofrecerme una rendición de tus negocios y territorios a cambio de protección ¿Pero una asociación? No, querido. Si he de asociarme, será con Tozen-
-Entonces no tenemos nada más de lo que hablar-
-¿Es así? En ese caso, lamento que la reunión haya sido tan corta. He disfrutado de la asistencia de Rose-san- se puso el sujetador y luego se abotonó la camisa
-Gracias por tu atención igualmente, Sakura-san- Sakura ya estaba en pie, acariciándose la nuca, suspirando
-Esta es tu debilidad, Saito. La debilidad que te llevará a la tumba, a ti y a los tuyos. Los colmillos de Tozen son afilados y más aún los de su infantil, arrogante y estúpido nieto Genji. Ese crío será el caos, la destrucción de japón, en el sentido económico y social. Va a sumirnos en una guerra y no solo entre la yakuza, sino que la policía está al tanto, está llamando tanto la atención que es inevitable que tome parte. Habrá represalias por parte de los civiles también. Nuestro país se hundirá en sangre- los miró a los tres -¿Y vosotros mientras estáis ahí, sentaditos sobre vuestras rodillas y enseñando unos tatuajes intimidantes mientras que los músculos permanecen quietos? Si fuese al reves, Saito-san, en cuanto me dieras la espalda para salir por la puerta, una bala te atravesaría el craneo o un tantô se clavaría profundamente en tu espalda- hubo un momento de silencio -Ahora, simplemente, observad cómo me marcho tal como llegué tras haberos rechazado y, prácticamente, declararos la enemistad de Akuhana. Que os sirva de lección. Espero que reflexiones a tiempo, Saito-san. Un placer verte de nuevo también, Koji-san. Y Yagami Ren... algún día, sé, que nos encontraremos en mejores circunstancias-
-No me cabe duda de ello- asintió con mirada ardiente Ren mientras que Rose acompañaba a Sakura hacia la puerta. Allí, Sakura volvió a acariciar la piel de Rose con suma delicadeza
-Y tú, cariño... cuando llueva, siempre podré ser tu paraguas. No dudes en pedirme ayuda- se lamió un dedo y lo pasó por los labios de Rose, paralizándola de nuevo. Esa mujer era demasiado extraña y la intimidaba más que cualquier otro yakuza que la rodeaba. Más incluso que los propios protectores de Sakura -Hasta pronto, preciosa- se marchó sin más preambulos y Rose regresó donde el Oyabun. Allí había un inmenso silencio hasta que Saito lo rompió
-Todos... marchaos. Rose, vuelve a tu casa- le dijo en inglés -Te pagaremos y serás libre de irte. Koji y Ren... desapareced, por favor. No quiero tener a nadie cerca- lo dijo con tanta elegancia y sosiego que parecía difícil creer lo que decía, pero Koji y Ren se dieron tanta prisa en salir de la habitación que casi arrastraron a Rose fuera por la fuerza
-Ven conmigo, será mejor- le dijo Ren a la chica -Saito peligroso ahora, para todos-
-Tranquila, no te asustes ¿Quieres?- preguntó Ren con paciencia, cargando a Rose con cuidado en los brazos
-¿Puedes con ella tú solo?-
-He cogido cosas peores. Esta chica es casi una pluma- sonrió a Hanabi con simpatía -Vamos, entrad todos. Es mejor que no llamemos la atención- y así lo hicieron, obedeciendo al apadrinado del Oyabun. Dentro de la mansión, todo estaba bañado por un lujo refiniado y clásico. Se notaba el poderío económico del que hacía gala el clan Uchiwa, pues no eran menos que el clan que dirigía la familia Shin, pero a su vez, Uchiwa Saito era un gran amante de la cultura clásica y el folclore japonés, al que se sentía muy arraigado. Caminar por la casa era similar a viajar tiempo atrás, a un periodo donde el honor era la máxima moneda de cambio. Hanabi y el resto de los rescatados pensaban que en cualquier momento se encontrarían con unos samurais o un shogun, quizá un señor feudal que los expulsaría de su castillo. Sin embargo, quienes los recibieron fueron un grupo de tres yakuza elegantemente vestidos pero con unos aires de peligrosidad que les impedía no tener un nudo en el estómago
-¿Qué ha ocurrido? ¿Quienes son estas chicas y esos hombres?-
-Sanada, soy yo- dijo Ren aproximándose con Rose en brazos
-¿Va todo bien, Ren-san? ¿Qué está pasando?- preguntó Sanada, quitándose las gafas de sol. Era de noche y estaba en una mansión, sí, pero tan bien iluminada que se permitía el lujo de llevarlas. Sanada adoraba sus gafas de sol. Se las regaló su hijo.
-Hemos sufrido como esperabamos un ataque. Estas chicas y esos muchachos fueron raptados para prostitución. Esta joven que llevo en brazos también-
-¿Una extranjera? Maldita sea ¿Y hombres también? ¿Quién cojones ha atacado?-
-A juzgar por las furgonetas, han sido los Endo-
-¿¡Los Endo!?- bufó curioso
-Llama a Saito-san, por favor. Necesito contárselo en persona- Sanada asintió y se marchó con los otros dos. En cuestión de minutos volvió a aparecer para llamar a Ren, indicando que pasasen todos al salón donde los recibiría. Era a todas luces una clásica habitación de un periodo Samurai. No había muebles, sólo puertas corredizas. En una pared había una elegantísima y bien cuidada armadura samurai roja como la sangre. En el resto de paredes había pergaminos con haikus y caligrafía de la más cuidada. Frente a la armadura samurai, sentado en postura seiza y ataviado con un hakama color azul mar con bordados de dragón en las mangas, se encontraba Saito acompañado por unos guardaespaldas, uno a cada lado. Hiyori, su esposa, también estaba a su lado, al igual que estaban presentes Aiko y Koji, sus hijos
-¡Aniki!- se fue a levantar Koji al ver a Ren, pero la mirada de éste le indicó que permaneciera sentado
-¿Está herida?- preguntó con serenidad Saito al ver a Rose en los brazos de Ren
-Sólo inconsciente- la dejó con sumo cuidado en el suelo
-Traed agua para la chica- ordenó y en cuestión de segundos así fue. Le vertieron algo de agua en los labios y le pusieron un paño húmedo en la frente. Rose encogió ligeramente el rostro. No estaba del todo inconsciente
-¿Qué ha sucedido?- preguntó Saito inclinándose ligeramente hacia delante
-La familia Endo ha atacado hoy Kabukicho. Han formado un escándalo. Esos bastardos han atraido la atención de la policía sobre nosotros a sabiendas. Quisieron secuestrar a estas chicas y a esos dos chicos para llevarlos a una red de prostitución-
-¿Ha habido muertos?-
-Varios-
-¿Civiles?-
-Se cuentan civiles entre ellos- bajó la cabeza Ren. Hubo un momento de tenso silencio en la sala
-En nombre de la familia Shin, quiero disculparme, chicas y chicos, por lo sucedido- inclinó la cabeza -No será suficiente, pero quiero obsequiaros por el dolor sufrido. Seréis recompensados- dicho eso, susurró al oido de uno de los guardaespaldas y éste se marchó, pidiendo a las mujeres y hombres que lo siguieran, salvo Rose, que aún estaba indispuesta. Una vez se fueron y cerraron la puerta corrediza dejando a Ren junto a una malograda Rose en la habitación, Saito golpeó con fuerza el suelo con su puño -¿¡Por quién demonios nos han tomado!?- rugió -¡Esto no puede tolerarse, maldita sea!-
-Lo sé, señor- bajó la cabeza de nuevo Ren -No pudimos evitarlo. El caos, el miedo...-
-Lo sé, Ren, lo sé. No esperes bajo ningún concepto ser tachado de responsable. Pero no podemos pasar esto por alto esta afrenta. Ha sido claramente intencionado y echando sal en el jardín tras cortar las rosas-
-¿Declararemos una guerra? ¿Debemos ir?-
-No- se cruzó de brazos, pensativo -Debemos aislarlos primero, dejarles sin poder, dejarles sin...- Rose empezó a espabilar en ese momento, quitándose, aturdida, el paño húmedo de la frente. Aún cubierta con la chaqueta se intentpo incorporar, sólo para ver en qué clase de lugar estaba. Al girarse vio a Saito y su familia, así como su guardaespaldas. No pudo evitar asustarse
-Tranquila. Estás a salvo. Él es Uchiwa Saito, nuestro Oyabun, el máximo jefe de la familia Shin. Estás bajo su protección-
-Esperaba que te despertaras, niña- asintió con la cabeza -Aoma, llévate a la extranjera, dale ropas nuevas y todo lo que necesite-
-Sí, Oyabun- Aoma se acercó a Rose y le tendió una mano para ayudarla a levantarse, pero ésta no lo hizo -Eh, debes venir-
-No te entiende- suspiró Ren -El te da ropa- dijo Ren esforzando su torpe inglés
-Señorita- terció entonces Saito en un perfecto inglés -Por favor, si es tan amable, acompañe a mi guardaespaldas Aoma. Le dará comida, agua y ropa, como a las demás. No debe temer- Rose sintió un inmenso alivio al ver que se podía entender nada más y nada menos que con el mismísimo Oyabun de una familia yakuza. Fue a ponerse en pie ella misma, sin tocar a nadie, cuando sintió un escrutinio familiar
-Espera un momento. Tú eres esa chica, la del visado- la señaló Aoma -Oyabun, esta chica me debe dinero. Bastante, además-
-¿Es eso cierto, señorita? ¿Nos debe dinero?- Rose estudió el rostro de Aoma y lo reconoció al instante. Mierda. Estaba en la casa del jefe de la yakuza a la que debía 100.000 yenes por un visado. Estaba perdida -¿Cuanto hace ya de esa deuda, Aoma?- preguntó interesado Saito
-Dos años-
-¡Dos años!- se echó a reir sorprendentemente -¿Qué clase de yakuza eres tú que permites una deuda de dos años?- Aoma bajó el rostro avergonzado
-¡Lo siento, Oyabun!- se arrodilló
-Da igual, has hecho bien. Es una extranjera y no tiene pinta de estar rebosante de dinero- la miró de arriba abajo -Pero una deuda es una deuda- le dijo a Rose en inglés -Señorita- Rose le aclaró su nombre -Rose-san- inclinó la cabeza Saito -¿Estaría interesada en pagar su deuda de una forma no económica?- la chica le miraba interesada y ante la situación, asintió -Bien. Primero come y bebe algo, vístete y hablaremos- y así lo hizo. Aoma se la llevó sólo para darle una botella de agua y entregarme un hermoso kimono que bien podría haber sido una prenda ceremonial. Debía de costar miles de yenes y aún así se lo dieron como si nada. Era tan suave que casi podía ser una prenda de pijama. Para comer le ofrecieron un cuenco de delicioso tonkatsu y sopa de miso. Una vez lista, una hora después, fue recibida de nuevo en la sala del Oyabun -Bienvenida de nuevo- Rose se disculpó por la espera -No hay problema. Hemos tenido tiempo Ren-kun y yo de hablar en este tiempo- la chica miró a Ren. De modo que ese era su nombre y realmente era un yakuza. Ren inclinó la cabeza ante su mirada -Me temo que son altas horas en la noche señorita Rose así que iré al grano. Pasarás aquí la noche. Mañana haré llamar a un importante miembro de la yakuza en japón y necesito que trabaje para mí como anfitriona- Rose se sorprendió ¿Anfitriona? -No debes alarmarte. No hay ningún servicio sexual en esto. No formamos parte de la prostitución. Sólo servirás las copas, brindarás el servicio que nuestro invitado te pida, pero en ningún lugar estarás más a salvo que aquí. Yo estaré presente en la reunión. Nos servirás a ambos- todo era muy precipitado, demasiado, tanto que casi sintió que se mareaba de nuevo ¿Pero le quedaba otra opción? Todos los ojos estaban depositados en ella -Cumple este servicio y lo intercambiarás por tu deuda. No sólo eso, sino que cobrarás por ello. Eres una chica hermosa. Estoy seguro de que lucirás y lo harás de maravilla- Rose se inclinó ante tal alabanza, aunque incómoda. No le quedó otra que aceptar. Saito se puso en pie y ordenó a Ren que la llevase a una habitación de invitados cualquiera donde pasar la noche.
De camino a la habitación, Ren y Rose no intercambiaron ninguna palabra. Atravesaron largos pasillos como si fuese un castillo feudal ¿Cómo de grande era esa casa? La chica estaba realmente sorprendida y no sólo por el hogar, sino por el trato recibido ¿Desde cuando la yakuza era tan educada y formal? Sabiendo que tenía una deuda y encima le ofrecen un trabajo para pagarla, cobrando un sueldo a parte. Debían de estar locos. No, debían de estar burlándose de ella -Es aquí- dijo de pronto, como si hubiese elegido una al azar. Abrió la puerta corrediza para mostrar una habitación simple, igualmente sin muebles, con un futón en el suelo. Al menos en la pared había pinturas exquisitas del japón feudal, verdaderamente hermosas, con pinturas de tono pastel -Por favor, si salir llamar a alguien- pidió educadamente Ren -Sitios aquí que no puedes entrar. Espero que lo entiendas- se inclinó respetuosamente -Buenas noches- Ren se marchó sin apenas dejar espacio a Rose para decir alguna palabra. Aquella noche, esa sería su estancia. Se atrevía a decir que, si no fuera por los nervios, el estrés, el miedo y el aún recurrente dolor de cabeza, podría haber dormido mejor que en su casa.
Al día siguiente Rose se despertó asediada por una joven muchacha. No era otra que Aiko, la hija de Saito. La chica era seria, diligente, incluso borde. Abrió la puerta sin educación alguna y sacudió a Rose sin el menor decoro, sólo para indicarle que se levantara. Debía de estar vestida y preparada en seguida. Rose no llegó a preguntar qué hora era cuando de por sí Aiko le espetó que eran casi las 12 de la tarde ¿¡Cuanto había podido dormir!? Esos dones, o maldiciones, que Rose poseía podían dejarla verdaderamente exhausta, incluso cuando podía decir que no había "dormido bien". Aiko se encargó de ayudarla con el kimono, algo atosigada. Finalmente le dio algo de maquillaje y le dio consejos de cómo embellecerse. En cuestión de casi una hora estuvo preparada y fue guiada por la hija del jefe hasta la sala de reuniones, la misma donde estuvo la noche anterior -Ah, señorita Rose- saludó amable Saito -Ohayo gozaimasu- esas palabras Rose las conocía, los buenos días. Las devolvió con amabiliad y educación -Por favor, ve al recibidor y brinda a nuestro invitado aquí en cuanto llegue- decía en perfecto inglés para que ella le entendiera. Asintiendo, se marchó, de nuevo guiada por Aiko, hasta el recibidor. El trayecto era bastante sencillo por lo que no sería en absoluto difícil recordarlo. Una vez allí, estuvo sola cerca de una hora y media, tarareando, pensando, reflexionando, sin nada más que hacer salvo aburrirse y observar lo hermoso que era el recibidor. Finalmente, por fin oyó algunos coches aparcar frente a la casa. Tras la puerta corrediza aparecieron sombras que abrieron la misma. Lo que Rose vio era sorprendente. Jamás había visto a hombres con rostros y miradas tan crueles. Sin duda, pensó, el del medio era el jefe. Alto, mayor, con gafas de sol y un peinado algo de los 80 hacia atrás. Echaron un vistazo al recibidor y después clavaron la mirada en Rose. Al ver que todo estaba limpio, se hicieron a un lado para dejar paso a una chica tan brillante como el sol. Para Rose era como observar a una geisha. Su piel pálida era hermosa como la porcelana, perfectamente maquillada y unos labios rojos como manzanas maduras listas para ser devoradas. Iba vestida con una camisa blanca de tela fina que dejaba adivinar un poco los encantos bajo el sujetador sin necesidad de esforzarse mucho, perfectamente convinada con unos pantalones altos, negros al igual que los tacones. Debido a su belleza, Rose tardó unos instantes en saludarla como era debido
-¡Eh, mocosa! ¿¡Cómo te atreves a saludar con tanta descortesía a la Oyabun!?- dijo aquel tipo mayor que parecía el jefe, pero si Rose no lo malentendió demasiado estaba diciendo que esa mujer... ¿¡Esa mujer era la Oyabun!?
-Ah, Kyo, no es necesario ser tan efusivo. Mírala, es una anfitriona joven y además extranjera- sonrió dulce como el azucar -Qué hermosa. Realmente hermosa...- se acercó a Rose con paso elegante, con aire seductor. De más cerca, Rose podía ver que la camisa dejaba entrever una gran cantidad de tatuajes en su piel al ser la tela fina. Incluso en sus pechos había pobladas sombras oscuras de la tinta -Me llamo Suzuka Sakura. Llámame Sakura, por favor- Rose se inclinó respetuosamente presentando su nombre, pero Sakura la tomó del rostro y la miró a los ojos -¿Rose...? ¿También te llamas como una flor?- sonrió -Encantada de conocerte, Rose- y la besó con con la pasión con la que se besan dos amantes. Rose apenas pudo evitar sentir la lengua de la joven saboreando cada parte de sus labios y su boca. Estaba congelada. No había sido algo sucio per sé. Había sido verdaderamente entregado. Fue cálido y húmedo -Qué mona- rió al verla tan helada -Y no se te ha quedado nada del pintalabios...- le guiñó el ojo -¿Me llevas hasta Saito-san, por favor?-
Como un fantasma sin demasiada consciencia de sí misma, Rose la llevó hasta la sala. Allí, junto a Saito, estaban su hijo Koji y Ren. Los tres descamsiados, mostrando los tatuajes. Rose no supo dónde mirar exactamente. Los tatuajes de los yakuza eran muy llamativos -Sakura-san- dijo Saito, inclinándose ante ella -Es de agradecer enormemente vuestra apariencia en nuestro humilde hogar-
-Saito-san. Koji-kun- se inclinó ante ambos -¿Y tú eres?-
-Yagami Ren- dijo sin inclinarse, manteniendo una mirada desafiante
-Me gustas- contestó ella -Un placer Yagami Ren. Tienes un buen acero ahí abajo para no inclinar la cabeza ante tus mayores-
-Me atrevo a decir que soy mayor que tú-
-En edad sí. En rango, te faltan años-
-No soy de tu clan, ni de tu familia-
-De momento-
-Hermana Sakura-san, por favor, dejemos de lado las amenazas. Te he convocado aquí para dialogar y negociar sobre unos eventos ocurridos anoche en Kabukicho con respecto a la familia Endo-
-Estoy al tanto de lo ocurrido, Saito-san- se sentó en la postura seiza ante los tres hombres y sorprendentemente para Rose, se descamisó y no sólo eso, sino que se privó del sujetador también. Casi parecía estar vestida al llevar tantos tatuajes encima, incluso recubriendo sus pechos casi por completo. Saito no reaccionó de ninguna forma, aunque frunció el ceño. Koji bajó la mirada instantaneamente a sus senos y Ren apretó los puños -¿Igualdad de condiciones, no?- sonrió ella desafiante -Tres muchachotes haciendo gala de sus tatuajes como pájaros en celo mostrando sus plumas a la hembra a la que quieren impresionar. No esperéis menos de mí. Soy la Oyabun de la familia Akuhana-
-No era nuestra intención- dijo Saito, aclaratorio -Rose-san, por favor, algo de sake- Rose obedeció ipso facto. El sake ya estaba colocado en una esquina de la habitación. Recordaba haber visto ceremonias en series y películas cuando tenía tiempo, o en anuncios publicitarios. Lo hizo lo mejor que pudo, sirviendo en seiza a cada uno de los presentes
-Qué manos tan delicadas- observó Sakura -Y qué ojos tan curiosos. Me gustan esos colores ¿Te gustan a ti mis tatuajes? Puedes observar cada detalle cuanto quieras-
-Sakura-san, por favor- Saito se puso nervioso por un instante -Ella es sólo una trabajadora. No tiene nada que ver con esta conversación-
-Y sin embargo aquí está mientras mis hombres esperan fuera. Me dirigiré a ella si me place-
-Para ser una Oyabun es algo descarada y descortés- observó Ren -¿Es esta la nueva sangre?-
-Dímelo tú, chico guapo, apenas me sacas unos años ¿Si fueras Oyabun cómo serías?-
-No me lo planteo, no tengo intención de serlo- ante aquella respuesta, Sakura soltó una risa irónica
-Los lobos siempre luchan por ser el alfa de la manada-
-Yo sólo soy un perro al servicio del lobo alfa en esta familia-
-Los lobos más peligrosos son los que parecen dóciles perros- se miraron fijamente y Saito carraspeó
-Suficiente. Los dos- los miró a ambos -Observando la situación, Sakura-san, me temo que he de ir directamente al grano-
-Por favor, tengo cosas que hacer- asintió ella
-Ante el ataque de la familia Endo, sería un honor para mi contar con el apoyo de la familia Akuhana en futuras refriegas. La situación, de seguir así, es insostenible, y necesitamos músculo para aguantar-
-Saito-san...- Sakura bebió del sake con delicadeza -Desde hace años que nos conocemos. De hecho, me viste ascender hasta ser la Oyabun de los Akuhana- Saito asintió -Desde entonces hemos mantenido una relación de lo más cordial, me atrevo a decir. Sería para mí un placer prestar ayuda a una familia tan brillante, pulcra y leal a los principios como la familia Shin- Saito fue a sonreir -No obstante, lo haría, claro, si no fuera porque sois un grupo de ciegos que no quieren ver-
-¿Qué...?-
-La guerra empezó hace ya mucho tiempo, Saito, y lo has ignorado como ignora el niño rebelde a sus mayores. Todo cuanto ha venido sucediendo, hasta el ataque de anoche a Kabukicho, todo era predecible ¿Y habéis hecho algo para prevenirlo? ¿Dónde estaban las armas? ¿Dónde está la sangre de vuestros enemigos?- Saito frunció el ceño hasta un punto que debía dolerle -Lo lamento, querido y viejo amigo, pero qué clase de beneficio traería a mi familia asociarme con el perdedor. La familia Shin sois una manada de lobos heridos. Vuestra sangre riegan las nieves del duro invierno que está por azotar este país. Yo quiero seguir aullando a la luna muchos años más-
-Entonces has venido a sabiendas de que ya habías elegido un bando- dijo sereno
-Quizá ibas a ofrecerme una rendición de tus negocios y territorios a cambio de protección ¿Pero una asociación? No, querido. Si he de asociarme, será con Tozen-
-Entonces no tenemos nada más de lo que hablar-
-¿Es así? En ese caso, lamento que la reunión haya sido tan corta. He disfrutado de la asistencia de Rose-san- se puso el sujetador y luego se abotonó la camisa
-Gracias por tu atención igualmente, Sakura-san- Sakura ya estaba en pie, acariciándose la nuca, suspirando
-Esta es tu debilidad, Saito. La debilidad que te llevará a la tumba, a ti y a los tuyos. Los colmillos de Tozen son afilados y más aún los de su infantil, arrogante y estúpido nieto Genji. Ese crío será el caos, la destrucción de japón, en el sentido económico y social. Va a sumirnos en una guerra y no solo entre la yakuza, sino que la policía está al tanto, está llamando tanto la atención que es inevitable que tome parte. Habrá represalias por parte de los civiles también. Nuestro país se hundirá en sangre- los miró a los tres -¿Y vosotros mientras estáis ahí, sentaditos sobre vuestras rodillas y enseñando unos tatuajes intimidantes mientras que los músculos permanecen quietos? Si fuese al reves, Saito-san, en cuanto me dieras la espalda para salir por la puerta, una bala te atravesaría el craneo o un tantô se clavaría profundamente en tu espalda- hubo un momento de silencio -Ahora, simplemente, observad cómo me marcho tal como llegué tras haberos rechazado y, prácticamente, declararos la enemistad de Akuhana. Que os sirva de lección. Espero que reflexiones a tiempo, Saito-san. Un placer verte de nuevo también, Koji-san. Y Yagami Ren... algún día, sé, que nos encontraremos en mejores circunstancias-
-No me cabe duda de ello- asintió con mirada ardiente Ren mientras que Rose acompañaba a Sakura hacia la puerta. Allí, Sakura volvió a acariciar la piel de Rose con suma delicadeza
-Y tú, cariño... cuando llueva, siempre podré ser tu paraguas. No dudes en pedirme ayuda- se lamió un dedo y lo pasó por los labios de Rose, paralizándola de nuevo. Esa mujer era demasiado extraña y la intimidaba más que cualquier otro yakuza que la rodeaba. Más incluso que los propios protectores de Sakura -Hasta pronto, preciosa- se marchó sin más preambulos y Rose regresó donde el Oyabun. Allí había un inmenso silencio hasta que Saito lo rompió
-Todos... marchaos. Rose, vuelve a tu casa- le dijo en inglés -Te pagaremos y serás libre de irte. Koji y Ren... desapareced, por favor. No quiero tener a nadie cerca- lo dijo con tanta elegancia y sosiego que parecía difícil creer lo que decía, pero Koji y Ren se dieron tanta prisa en salir de la habitación que casi arrastraron a Rose fuera por la fuerza
-Ven conmigo, será mejor- le dijo Ren a la chica -Saito peligroso ahora, para todos-
miércoles, 23 de agosto de 2017
-¡No me toques!- fue lo único que Rose alcanzó a decir entre temblores. Estaba más que dispuesta a pasar toda la noche allí sola si con ello conseguía no tener contacto físico con nadie más. Ante aquel grito, Ren, el joven que pretendía ayudarla, se apartó un poco. Aquel gesto alivió gran parte del miedo que la chica albergaba. ¿Decía la verdad? ¿Iba a ayudarla? ¿Acabaría peor si no le hacía caso? Tan perdida como estaba, decidió ponerse en pie ella sola. Se tapó sus vergüenzas como pudo. El uniforme estaba hecho jirones y era consciente de ello. Tanto como debió estarlo aquel hombre, que tras quitarse su chaqueta, se la colocó por los hombros a la chica evitando al máximo cualquier contacto -Gra... Arigato gozaimasu- tartamudeó, echa un lío con la mezcla de idiomas. -¿Que... que ha pasado?- el joven, a juzgar por la tonalidad de su voz, aseguró que se lo explicaría más tarde, en un lugar más seguro si ella podía andar por sí misma -Sí, si puedo- El hombre asintió y la instó a salir de aquel lugar endiablado. No pasó por alto que se fijó en el cadaver de su captor y luego la miró a ella, incrédulo. Rose decidió ignorarle. Que de ella fuese la culpa... quizás fuese lo último que creería.
Al salir, la chica se vio reflejada en el resto de mujeres, que, tal y como ella, empezaron a sacar del edificio. Todos los supuestos salvadores, eran hombres bien vestidos, aparentemente preocupados y bien organizados. Eso a Rose le extrañó muchísimo. En su cabeza, las posibilidades comenzaron a enredarse y algunos recuerdos dieron el broche final a la sarta de conclusiones. ¿Acaso eran de la Yakuza? Saltaba a la vista que sus captores lo eran. Rose alcanzó a ver sus tatuajes por encima de sus ropajes, sobretodo en aquel a quien había acabado de asesinar. Pero ¿Por qué ellos también lo serían? ¿Eran bandas divididas? Aun había cosas sobre las costumbres de Japón que no entendía. Y ciertamente, tampoco era de su agrado entender.
Tras salir del lugar, aquellos hombres condujeron a las víctimas sollozantes hacia los coches. Era de observar la forma fácil en las que ellas se dejaban hacer sin pensar si podía tratarse de otra trampa. Rose supuso que aquella era la definición de agarrarse un clavo ardiendo. El hombre que acompañaba a la chica, abrió la puerta para que entrase, pero ella no actuó como las demás -¿A donde nos lleváis?- quiso saber. Con calma, el joven respondió que a las oficinas donde ellos trabajaban -¿Para qué?- Querían saber qué había ocurrido y de que forma -Si estáis aquí es que lo sabéis ¿No?- Ellos sí, pero el jefe no. El jefe. Aquellas palabras resonaron en la cabeza de Rose, que no pudo hacer otra cosa que entrar a los asientos traseros del coche, justo al lado de otra chica de edad similar a la suya que no dejaba de llorar. El hombre cerró la puerta cuando se sentó, para hacer lo mismo pero en los asientos delanteros. Rose vio como las observó desde el retrovisor y pensó que estaban ocurriendo demasiadas cosas aquella noche.
-Mi okasan... no sabe... no sabe donde estoy- sollozó la chica de su lado. -Qué vergüenza- sorbió por la nariz -Quiero ir a casa... quiero volver a casa...- aquellas palabras amedrantaron en corazón de Rose, quien tambien deseaba volver a casa, pero desde hacía ya muchos años.
-Tranquila...- le dijo, incapaz de saber qué más se debía decir para consolar a alguien.
-¡Ese hombre...! ¡Ese hombre me ha obligado a que...!- El cuello de la muchacha estaba lleno de moratones. Su ropa estaba tan destrozada como la de Rose y ambas temblaban por igual. Sin embargo, algo parecía decir que su suerte había sido aun peor.
-Ya... ya pasó- fingió seguridad en aquellas palabras. Y lo que consiguió fue que la chica se le arrojase a los brazos para llorar. Rose tuvo que dar gracias a los cielos de que estuviese cubierta por la chaqueta del hombre, pues la ropa evitó que ambas entrasen en contacto físico. No solo estaba desganada, hambrienta, temerosa y dolida. Si encima llegaba a ver en esa chica... no lo podría soportar. -Vas a volver a casa...- volvió a mirar al retrovisor. Él las estaba mirando. Era inquietante.
El coche se detuvo después de un corto viaje, que a Rose se le hizo larguísimo. La chica que lloraba parecía tener una habilidad gigante de autoconsuelo o algo parecido, pues no paró de charlar con la mujer durante todo el trayecto. Resultaba llamarse Minagawa Hanabi, viví sola con su madre, tenía un perro y trabajaba en una tienda de moda joven en Shinjuku. Por supuesto, aquellos no fueron datos que Rose pidió. De hecho, Rose no habló apenas. Fue Hanabi quien, en mitad de su miedo, no pudo dejar de hablar y explicar cosas sobre su vida y sus miedos. Parecía que incluso a aquellos hombres empezó a cansarles. Quizá dieron gracias de llegar pronto al destino, pues abrieron las puertas con rapidez y a todas las chicas las instaron de forma tranquila a salir.
Cuando Rose salió del coche, refugiada en aquella chaqueta oscura, se encontró en un sitio que desconocía por completo, lo cual era fácil dado que apenas conocía Tokio. Justo frente a ella, se encontraba una casa, parecida a un apartamento grande. La fachada estaba cuidada y parecía cara. Dios ¿En qué demonios se estaba metiendo? Hanabi tomó de un brazo a Rose, temerosa, pero segura tras la que consideraba su nueva amiga. Justo entonces, Rose sintió de nuevo aquel punzante dolor. Era la peor parte. Era horrible. Como cuando un músculo se enfría. Como la calma después de la tormenta. Como lo peor después de lo malo. La cabeza parecía que iba a explotarle junto con el dolor que ya sentía de los golpes que le habían propinado. Sintió que todas sus heridas volvían a sangrar, sintió presión. Y hambre. Y debilidad. -Ay...ayudame- le susurró a Hanabi, porque ya sabía lo que tocaba ahora. Todo quedó oscuro cuando se volvió a desmayar a meced de aquellos Yakuza.
Al salir, la chica se vio reflejada en el resto de mujeres, que, tal y como ella, empezaron a sacar del edificio. Todos los supuestos salvadores, eran hombres bien vestidos, aparentemente preocupados y bien organizados. Eso a Rose le extrañó muchísimo. En su cabeza, las posibilidades comenzaron a enredarse y algunos recuerdos dieron el broche final a la sarta de conclusiones. ¿Acaso eran de la Yakuza? Saltaba a la vista que sus captores lo eran. Rose alcanzó a ver sus tatuajes por encima de sus ropajes, sobretodo en aquel a quien había acabado de asesinar. Pero ¿Por qué ellos también lo serían? ¿Eran bandas divididas? Aun había cosas sobre las costumbres de Japón que no entendía. Y ciertamente, tampoco era de su agrado entender.
Tras salir del lugar, aquellos hombres condujeron a las víctimas sollozantes hacia los coches. Era de observar la forma fácil en las que ellas se dejaban hacer sin pensar si podía tratarse de otra trampa. Rose supuso que aquella era la definición de agarrarse un clavo ardiendo. El hombre que acompañaba a la chica, abrió la puerta para que entrase, pero ella no actuó como las demás -¿A donde nos lleváis?- quiso saber. Con calma, el joven respondió que a las oficinas donde ellos trabajaban -¿Para qué?- Querían saber qué había ocurrido y de que forma -Si estáis aquí es que lo sabéis ¿No?- Ellos sí, pero el jefe no. El jefe. Aquellas palabras resonaron en la cabeza de Rose, que no pudo hacer otra cosa que entrar a los asientos traseros del coche, justo al lado de otra chica de edad similar a la suya que no dejaba de llorar. El hombre cerró la puerta cuando se sentó, para hacer lo mismo pero en los asientos delanteros. Rose vio como las observó desde el retrovisor y pensó que estaban ocurriendo demasiadas cosas aquella noche.
-Mi okasan... no sabe... no sabe donde estoy- sollozó la chica de su lado. -Qué vergüenza- sorbió por la nariz -Quiero ir a casa... quiero volver a casa...- aquellas palabras amedrantaron en corazón de Rose, quien tambien deseaba volver a casa, pero desde hacía ya muchos años.
-Tranquila...- le dijo, incapaz de saber qué más se debía decir para consolar a alguien.
-¡Ese hombre...! ¡Ese hombre me ha obligado a que...!- El cuello de la muchacha estaba lleno de moratones. Su ropa estaba tan destrozada como la de Rose y ambas temblaban por igual. Sin embargo, algo parecía decir que su suerte había sido aun peor.
-Ya... ya pasó- fingió seguridad en aquellas palabras. Y lo que consiguió fue que la chica se le arrojase a los brazos para llorar. Rose tuvo que dar gracias a los cielos de que estuviese cubierta por la chaqueta del hombre, pues la ropa evitó que ambas entrasen en contacto físico. No solo estaba desganada, hambrienta, temerosa y dolida. Si encima llegaba a ver en esa chica... no lo podría soportar. -Vas a volver a casa...- volvió a mirar al retrovisor. Él las estaba mirando. Era inquietante.
El coche se detuvo después de un corto viaje, que a Rose se le hizo larguísimo. La chica que lloraba parecía tener una habilidad gigante de autoconsuelo o algo parecido, pues no paró de charlar con la mujer durante todo el trayecto. Resultaba llamarse Minagawa Hanabi, viví sola con su madre, tenía un perro y trabajaba en una tienda de moda joven en Shinjuku. Por supuesto, aquellos no fueron datos que Rose pidió. De hecho, Rose no habló apenas. Fue Hanabi quien, en mitad de su miedo, no pudo dejar de hablar y explicar cosas sobre su vida y sus miedos. Parecía que incluso a aquellos hombres empezó a cansarles. Quizá dieron gracias de llegar pronto al destino, pues abrieron las puertas con rapidez y a todas las chicas las instaron de forma tranquila a salir.
Cuando Rose salió del coche, refugiada en aquella chaqueta oscura, se encontró en un sitio que desconocía por completo, lo cual era fácil dado que apenas conocía Tokio. Justo frente a ella, se encontraba una casa, parecida a un apartamento grande. La fachada estaba cuidada y parecía cara. Dios ¿En qué demonios se estaba metiendo? Hanabi tomó de un brazo a Rose, temerosa, pero segura tras la que consideraba su nueva amiga. Justo entonces, Rose sintió de nuevo aquel punzante dolor. Era la peor parte. Era horrible. Como cuando un músculo se enfría. Como la calma después de la tormenta. Como lo peor después de lo malo. La cabeza parecía que iba a explotarle junto con el dolor que ya sentía de los golpes que le habían propinado. Sintió que todas sus heridas volvían a sangrar, sintió presión. Y hambre. Y debilidad. -Ay...ayudame- le susurró a Hanabi, porque ya sabía lo que tocaba ahora. Todo quedó oscuro cuando se volvió a desmayar a meced de aquellos Yakuza.
Las noches solían ser iguales. Oscuras en el cielo, opacadas las estrellas por la contaminación lumínica del contraste incandescente de la ciudad, sobre todo por la gran ciudad y la luminosa Kabukicho. Las calles estaban repletas de ruido. Grupos de hombres y mujeres por igual deambulaban entre conversaciones y risas. Algunos de esos hombres eran respetables trabajadores que buscaban descansar de su jornada laboral mientras otros eran borrachos y juerguistas cualesquiera que se divertían con el simple hecho de desnudar mentalmente a cada dama que veían. No era de extrañar. No era nada raro ni exótico. Así era cada noche, cada maldita noche. El cigarro de Ren se había acabado hacía ya un buen rato, pero se mantenía en una esquina en la entrada del local, apartado. El teléfono móvil le vibró de forma insistente hasta que por fin lo sacó del bolsillo. Le estaba llamando su hermano de juramento Koji -Dime Koji- contestó por fin tras mirar vagamente la pantalla del teléfono. Se imaginaba lo que le iba a decir
-¡Ren! ¿Estás bien?-
-¿Por qué no iba a estarlo?-
-Esos hijos de puta de los Endo están por aquí-
-¿Estás seguro de lo que dices?- se irguió, apartándose de la pared
-Y tanto. Esos cretinos son tan vanidosos que ni siquiera se ocultan. Alguno de los chicos han visto un par de furgonetas con el emblema de la familia en el costado. Se dirigen hacia Kabukicho-
-No tienen ni idea de dónde se están metiendo-
-No te juegues el cuello ¿Quieres? No quiero que te pase nada- Koji sonaba preocupado
-Si no me juego el cuello ¿Para qué formo parte de todo esto?- sonrió Ren
-No te lo juegues al menos si no merece la pena. Tu vida es importante, aniki-
-Te lo prometo- suspiró -Ahora he de colgar. Avisaré a todos los chicos de por aquí. Que tengan cuidado- colgó y automáticamente se dirigió al interior del establecimiento, dirección a la oficina donde estaba el regente. Allí, el teléfono fijo estaba conectado con todos los establecimientos que pertenecían o estaban dirigidos por la familia a tan solo pulsar una tecla. Uno por uno, comenzó a llamar con urgencia a cada hermano jurado.
Mientras tanto, en el interior de una de las furgonetas, Genji se preparaba limpiando la hoja de un tantô de empuñadura blanca como la nieve. La hoja perfectamente afilada tenía grabados dibujos de dragones y carpas enredados entre sí -No quiero fallos- dijo, concentrado en el brillante filo, que reflejaba a cada pocos metros la luz de las farolas que se filtraban por las ventanas -Estad en contacto con los demás. Quiero cadáveres, pero también confusión. Y si veis chicas y hombres jóvenes, dadles un golpe y metedlos dentro. Necesitamos dinero- sonrió. El resto de sus subordinados asintieron con lealtad y se comunicaron con otras dos furgonetas que los seguían por calles distintas. No tardaron en llegar a Kabukicho, rodeando el barrio por distintas calles. La señal la dio Genji, el primero en bajar de la furgoneta, cuando agarró a un hombre cualquiera que pasaba por la calle y le clavó el tantô tan profundamente en el cuello como le fue posible, mientras gritaba -¡Hora de ajustar cuentas, hijos de puta! ¡Kabukicho es nuestro!- vociferó, llamando intencionadamente la atención de cada persona presnete. Los gritos no tardaron en elevarse y las piernas en echar a correr. El caos creció en cuestión de segundos. Los subordinados de Genji se desplegaron por las calles armados con puñales, varas y alguno que otro con una pistola, disparando al cielo para causar más confusión. Al tener rodeado el barrio, la gente no sabía hacia dónde ir, ni qué hacer. Aquello contribuía al plan del heredero de los Serizawa, pues dificultaría enormemente a los yakuza de la familia Shin el encontrarles. Y efectivamente, así fue. Ren salió del local a toda prisa, seguido por dos compañeros, de la misma forma que cada encargado o guardián de los Shin salían a las calles en busca de aquellos que estaban alterando el orden y los beneficios de la noche, pero todo cuanto encontraban era gentío agolpándose, huyendo de un lado a otro, mientras se oían restallidos de disparos provenir de diversos lugares del barrio luminescente. Algunos de esos disparos rompían farolas o carteles luminosos de diversos locales, mientras que otros de los seguidores de Genji agarraban a algunas mujeres y hombres jóvenes, les golpeaban con fuerza y los metían en una de las furgonetas. En mitad de todo ese revuelo, se encontraba Rose. La chica, con el corazón encogido, estaba en mitad de la marabunta. Sabía que era estúpido estar ahí, encerrados como ratas. Debía salir, de alguna forma podía salir. Había estado en esa zona trabajando el tiempo suficiente para saber que los edificios, en su mayoría, estaban separados por pequeños callejones que constituían pequeños caminos. Por lo general, muchas veces estaban llenos de matones, ladrones, asaltantes o incluso violadores. En ocasiones se llevaban a cabo transacciones ilegales o ajustes de cuentas, pero en esos momentos no había lugar para el miedo. Empujando nerviosamente a la gente, la chica consiguió colarse en uno de los callejones. Desafortunadamente para ella, no era la única a la que se le había ocurrido la idea
-¡Eh, tú!- llamó la voz de un joven con una chaqueta de piel oscura -¿Qué haces? ¿A dónde vas?- viéndose completamente sola en aquellos callejones interconectados y oyendo aún el griterio, la chica se asustó ¿Y si era uno de los malos? Su primer instinto fue correr -¡Espera!- la llamó, echando el muchacho a correr tras ella. Los callejones sin embargo eran más oscuros y no era difícil perderse en esos laberintos estrechos. Oyó las pasos de la chica alejarse cada vez más -¡Espera! ¡Sólo quiero hablar!- Rose podía oirle cada vez más lejos. Optó por esconderse tras un contenedor de basura, con una mano en el pecho, suplicando, rezando a lo que pudiera oirle, que la dejara en paz, que no la obligase a hacer algo que no quería hacer. Afortunadamente para ella, los pasos del joven pasaron de largo, siguiendo otro callejón. Suspirando de alivio parcial, Rose echó a correr en la dirección opuesta, llegando por fin a la salida de Kabukicho. Ya podía ver al final del callejón los edificios de Shinjuku, los coches pasando a toda velocidad para huir de una zona donde no se dejaban de oir disparos ¿¡Dónde demonios estaba la policía!? Daba igual, no era momento para hacerse preguntas de esa índole. Y mucho menos lo fue cuando, al salir del callejón, se encontró de cara con un individuo alto, grande y vigoroso. El primer instito de Rose fue la necesidad de volver a correr, pero no le dio tiempo. Aquel tipo era enorme y poderoso en lo que físicamente se refería. La agarró con fuerza del cabello hasta hacerla gritar y le propinó un golpe tan fuerte en la cabeza con una porra de madera que el mundo se apagó en cuestión de segundos. El individuo la cargó sin dificultad sobre su hombro derecho y la llevó directamente hacia una de las furgonetas. Sin embargo, alguien había oido el grito. Ren, que llevaba rato buscando a la joven, se asomó casi sin aliento al salir del callejón para ver cómo ese tipo la metía dentro. Al haber identificado por fin el vehículo, echó a correr rodeando el barrio mientras hacía una llamada telefónica. Necesitaba a todos los hombres disponibles con un coche ¡Y rápido!
La confrontación en el barrio acabó medianamente rápido. Hubo varios muertos y heridos. Los asaltantes se montaron de vuelta en sus furgonetas una vez habían secuestrado a varios civiles, a la vez que habían asesinado a otros tantos y a cualquier yakuza que se había acercado. Genji sabía que el siguiente paso es que la policía acudiera al lugar de los hechos y las acusaciones del joven Serizawa sólo habrían hecho pensar que había sido una lucha de clanes. La familia Shin, que controlaba casi la totalidad de Tokyo, sería acosada de forma incesante por la policía debido a la cantidad de civiles desaparecidos y asesinados. Sonreía con sólo pensar lo difícil que tendrían el simple hecho de llevar sus negocios con la ley pisándoles los talones. Ahora simplemente la familia Endo debía de ir absorviéndoles poco a poco y lo demás, sería historia. Cada una de las furgonetas se dirigió aquella noche a un lugar distinto por si habían sido identificados. En el caso de Genji, regresaba a Nagano, donde residía la oficina del clan Serizawa de los Endo, otra de las furgonetas se dirigía a Shuzuka mientras que una tercera permanecería en Tokyo para despistar, hacia Chiyoda. Era esa última furgoneta que estaba siendo perseguida por un coche negro, en el que iba Ren acompañado por tres compañeros más. Siguieron a la furgoneta de forma incesante hasta que finalmente, en aquel mar de edificios altos, llegaron a una especie de almacén. La furgoneta entró en el garaje y lentamente cerraron la puerta tras su llegada. El coche de Ren se detuvo a varios metros para inspeccionar el lugar y no llamar la atención -¿Qué hacemos ahora?- preguntó uno de los compañeros de Ren
-Sois parte de la familia, sabéis lo que va a acarrear para nosotros lo que esos hijos de puta han hecho- gruñó Ren
-Sí... ¿Pero qué podemos hacer? ¿Entrar y matarlos a todos?-
-Matar no es mi forma de hacer las cosas- dijo Ren bajando del coche
-¿Entonces?- los demás le siguieron
-Vosotros haced lo que queráis. Tomad lo que os pueda servir de arma o... lo que consideréis útil. Partidles las piernas, los dientes, los brazos, pero no matéis a nadie. Ya hay mucha sospecha sobre nosotros-
-Sí, Ren-san- asintieron conformes
-Tenemos la ventaja de la sorpresa. Aprovechadla. Sed silenciosos- ordenó y se dispusieron a entrar.
En el interior, tras haber aparcado la furgoneta y haber bajado a los secuestrados, los llevaron a todos a unas habitaciones a parte que debieron ser oficinas en su día. En cada una de ellas metieron a un individuo concreto y en el caso de mujeres, uno de los yakuza se metía con ellas para, según decían, probar la mercancía. Rose llevaba unos cuantos minutos consciente, aturdida aún así, pero capaz de oir y ver lo que estaba pasando. Ella fue la última en ser arrastrada a una de esas oficinas, pudiendo oir los gritos de terror y los golpes que propinaban a las mujeres si intentaban defenderse de aquellas "polvos de prueba" para las futuras putas de la familia Endo. Cuando a Rose la metieron en la habitación, fue el mismo tipo gigantesco que la raptó el que se introdujo con ella en el cuarto -Quítate la ropa- dijo en un perfecto japonés que Rose no terminó de comprender -La ropa, fuera- volvió a decir al ver que la chica, con una herida en la frente sangrante, le miraba confusa y débil -¿Qué te pasa, zorra extranjera? ¿Es que no entiendes lo que te digo o qué?- Rose masculló como podía que no entendía bien el japonés -Ah, con que es eso. Mala suerte para ti- de la nada surgió un bofetón poderoso que arrojó a Rose contra la pared, de tan grande que era la mano de aquel yakuza. Aprovechando lo aturdida y confusa que la chica permaneció durante unos minutos, el hombre se echó sobre ella y comenzó a tratar de quitarle el vestido. Rose comprendió lo que iba a pasar si no se defendía de alguna manera -Me da igual si no entiendes mi idioma, vas a hacer lo que se te ordena. Las perras extranjeras como tú podéis ser una gran fuente de dinero- tiraba y tiraba del vestido hasta que finalmente las costuras comenzaron a rasgarse en la parte del pecho -Pero antes déjame ver esas tetas- reía -¡Tengo que catarlas!- Rose luchaba desesperada por zafarse de sus gigantescas manos.
Fuera, la puerta de entrada del almacén sonó con tres sonoros golpes -¿Quién va?- preguntó el guardia, a lo que nadie contestó. Volvieron a sonar los tres sonoros golpes -¿Quién va? Si no contesta nadie no abriré-
-Cartero comerciaaaaal- dijo Ren en voz animada
-No queremos correo. Lárgate-
-¡No hace falta ser grosero! Sólo hago mi trabajo-
-Escúchame bien, payaso- dijo el guardia abriendo la puerta -Si te tengo que volver a decir que no, te voy a...- un fuerte puñetazo directo a la garganta dejó al yakuza sin voz, ahogándose, cayendo al suelo entre estertores. Una vez derribado, Ren le aplicó presión en el cuello para deshacer el nudo ocasionado por el golpe y que no se asfixiara
-Vía libre- susurró a los suyos, que entraron con discreción. Pudieron observar el almacén desde dentro. No era difícil saber dónde estaban los cautivos. La zona de carga y descarga de material estaba prácticamente vacía, sólo se encontraba allí la furgoneta. Sin embargo, en el piso superior donde las oficinas, estaba lleno de movimiento -No son muchos, podremos ocuparnos de esto nosotros solos. Subid dos por allí- señaló la escalera del otro lado del almacén -Takatsu y yo subiremos por aquí. Vamos- tal como lo ordenó, así se hizo. Flanqueando a los enemigos por ambos lados, mientras estos se fumaban unos cigarros, no fue demasiado costoso reducirlos aplicándoles una llave en el cuello para dejarlos inconscientes. El problema ahora estaba en entrar en las oficinas, donde se podía oir claramente lo que estaban realizándole a las chicas. No se podría coger desprevenidos a esos tipos y nada aseguraba que estuvieran solos. Los lamentos de las jóvenes hacía hervir la sangre de Ren
-¿Estás seguro que no los quieres muertos?- peguntó Takatsu, crugiéndose los nudillos -Esta panda de hijos de puta lo merece-
-Pero no lo merece Oyabun, ni el resto de nuestros hermanos. Sacad a las chicas de aquí, y a los hombres- se dispersaron para ir a por los prisioneros mientras en la última oficina, la más lejana, Rose luchaba por su propia seguridad. El gigantón que la zarandeaba ya prácticamente la había desnudado al romperle el traje casi por completo. El roce de sus manos sobre sus pechos, sus caderas, su espalda, era repulsivo
-¡Deja de resistirte, maldita sea!- la volvió a abofetear y aquel golpe fue la gota que colmó el vaso. Rose se llevó las manos a la cabeza, le dolía. Desde el momento en que empezó a tocarla estaba viendo cosas terribles. Cosas que ese hombre había hecho, cosas que quería hacer. Cosas que le iba a hacer a ella. Era suficiente. La ansiedad se apoderó de la pobre chica. Gritó. Y con el grito, el hombre se detuvo. De pronto le sangró la nariz. Se pasó un dedo por la misma para ver el abundante chorro que ya empapaba sus labios -¿Pero... qué...?- ese dedo manchado de sangre de pronto se dobló con un crugido a una posición imposible. Gritó. Y mientras él gritaba, gritaba Rose. Ya no sólo fue la nariz, sino las orejas y los ojos comenzaron a sangrar en abundancia, emanando de aquel tipo, mientras el cuerpo del yakuza crugía sin cesar en diversas partes del cuerpo, hasta las piernas y los brazos, retorciéndose de formas macabras. Finalmente, el cuerpo del yakuza salió expelido contra una de las paredes, contra la que se prensó más y más, partiéndose cada hueso en pedazos y con su cerebro haciéndose una papilla sanguinolienta que le manaba por cada orificio de la cabeza. Finalmente cayó al suelo fulminado, como un muñeco de trapo. Rose rompió en llantos. Le dolía todo. Desde la cabeza hasta los propios ojos. Las manos, los brazos, las piernas... todo, era un infierno. Se abrazó a sí misma contra la pared. Quería volver a casa, a su pequeño piso de alquiler, lejos de todo ese mundo, lejos de toda esa basura. Le pitaban los oidos con desagrado, a un alto volumen. Casi no oyó la puerta abrirse y los pasos que se acercaban. Pudo, sin embargo, eludir una mano que se acercó a ella
-¡Eh, eh, eh, tranquila!- era Ren, era el chico del callejón -Tú... tú eres...- Rose se recogió más en sí misma. Estaba asustada, estaba débil. No podría volver a defenderse de aquella manera -No tengas miedo- se arrodilló ante ella -¿Puedes entenderme?- Rose entendió esa pregunta. Negó con la cabeza -¿Tu entiendes?- habló en inglés, torpemente -Yo poco inglés hablo. Tu calma. Tu relajar. Yo soy amigo. No daño- Rose le miró consternada ¿Era eso cierto? ¿Por qué perseguirla entonces? -Nombre es Ren. Yagami Ren. Ven con yo. Te llevo a casa- ambos se miraron a los ojos durante un largo instante ¿De verdad venía a ayudar...? ¿No era uno más...?
-¡Ren! ¿Estás bien?-
-¿Por qué no iba a estarlo?-
-Esos hijos de puta de los Endo están por aquí-
-¿Estás seguro de lo que dices?- se irguió, apartándose de la pared
-Y tanto. Esos cretinos son tan vanidosos que ni siquiera se ocultan. Alguno de los chicos han visto un par de furgonetas con el emblema de la familia en el costado. Se dirigen hacia Kabukicho-
-No tienen ni idea de dónde se están metiendo-
-No te juegues el cuello ¿Quieres? No quiero que te pase nada- Koji sonaba preocupado
-Si no me juego el cuello ¿Para qué formo parte de todo esto?- sonrió Ren
-No te lo juegues al menos si no merece la pena. Tu vida es importante, aniki-
-Te lo prometo- suspiró -Ahora he de colgar. Avisaré a todos los chicos de por aquí. Que tengan cuidado- colgó y automáticamente se dirigió al interior del establecimiento, dirección a la oficina donde estaba el regente. Allí, el teléfono fijo estaba conectado con todos los establecimientos que pertenecían o estaban dirigidos por la familia a tan solo pulsar una tecla. Uno por uno, comenzó a llamar con urgencia a cada hermano jurado.
Mientras tanto, en el interior de una de las furgonetas, Genji se preparaba limpiando la hoja de un tantô de empuñadura blanca como la nieve. La hoja perfectamente afilada tenía grabados dibujos de dragones y carpas enredados entre sí -No quiero fallos- dijo, concentrado en el brillante filo, que reflejaba a cada pocos metros la luz de las farolas que se filtraban por las ventanas -Estad en contacto con los demás. Quiero cadáveres, pero también confusión. Y si veis chicas y hombres jóvenes, dadles un golpe y metedlos dentro. Necesitamos dinero- sonrió. El resto de sus subordinados asintieron con lealtad y se comunicaron con otras dos furgonetas que los seguían por calles distintas. No tardaron en llegar a Kabukicho, rodeando el barrio por distintas calles. La señal la dio Genji, el primero en bajar de la furgoneta, cuando agarró a un hombre cualquiera que pasaba por la calle y le clavó el tantô tan profundamente en el cuello como le fue posible, mientras gritaba -¡Hora de ajustar cuentas, hijos de puta! ¡Kabukicho es nuestro!- vociferó, llamando intencionadamente la atención de cada persona presnete. Los gritos no tardaron en elevarse y las piernas en echar a correr. El caos creció en cuestión de segundos. Los subordinados de Genji se desplegaron por las calles armados con puñales, varas y alguno que otro con una pistola, disparando al cielo para causar más confusión. Al tener rodeado el barrio, la gente no sabía hacia dónde ir, ni qué hacer. Aquello contribuía al plan del heredero de los Serizawa, pues dificultaría enormemente a los yakuza de la familia Shin el encontrarles. Y efectivamente, así fue. Ren salió del local a toda prisa, seguido por dos compañeros, de la misma forma que cada encargado o guardián de los Shin salían a las calles en busca de aquellos que estaban alterando el orden y los beneficios de la noche, pero todo cuanto encontraban era gentío agolpándose, huyendo de un lado a otro, mientras se oían restallidos de disparos provenir de diversos lugares del barrio luminescente. Algunos de esos disparos rompían farolas o carteles luminosos de diversos locales, mientras que otros de los seguidores de Genji agarraban a algunas mujeres y hombres jóvenes, les golpeaban con fuerza y los metían en una de las furgonetas. En mitad de todo ese revuelo, se encontraba Rose. La chica, con el corazón encogido, estaba en mitad de la marabunta. Sabía que era estúpido estar ahí, encerrados como ratas. Debía salir, de alguna forma podía salir. Había estado en esa zona trabajando el tiempo suficiente para saber que los edificios, en su mayoría, estaban separados por pequeños callejones que constituían pequeños caminos. Por lo general, muchas veces estaban llenos de matones, ladrones, asaltantes o incluso violadores. En ocasiones se llevaban a cabo transacciones ilegales o ajustes de cuentas, pero en esos momentos no había lugar para el miedo. Empujando nerviosamente a la gente, la chica consiguió colarse en uno de los callejones. Desafortunadamente para ella, no era la única a la que se le había ocurrido la idea
-¡Eh, tú!- llamó la voz de un joven con una chaqueta de piel oscura -¿Qué haces? ¿A dónde vas?- viéndose completamente sola en aquellos callejones interconectados y oyendo aún el griterio, la chica se asustó ¿Y si era uno de los malos? Su primer instinto fue correr -¡Espera!- la llamó, echando el muchacho a correr tras ella. Los callejones sin embargo eran más oscuros y no era difícil perderse en esos laberintos estrechos. Oyó las pasos de la chica alejarse cada vez más -¡Espera! ¡Sólo quiero hablar!- Rose podía oirle cada vez más lejos. Optó por esconderse tras un contenedor de basura, con una mano en el pecho, suplicando, rezando a lo que pudiera oirle, que la dejara en paz, que no la obligase a hacer algo que no quería hacer. Afortunadamente para ella, los pasos del joven pasaron de largo, siguiendo otro callejón. Suspirando de alivio parcial, Rose echó a correr en la dirección opuesta, llegando por fin a la salida de Kabukicho. Ya podía ver al final del callejón los edificios de Shinjuku, los coches pasando a toda velocidad para huir de una zona donde no se dejaban de oir disparos ¿¡Dónde demonios estaba la policía!? Daba igual, no era momento para hacerse preguntas de esa índole. Y mucho menos lo fue cuando, al salir del callejón, se encontró de cara con un individuo alto, grande y vigoroso. El primer instito de Rose fue la necesidad de volver a correr, pero no le dio tiempo. Aquel tipo era enorme y poderoso en lo que físicamente se refería. La agarró con fuerza del cabello hasta hacerla gritar y le propinó un golpe tan fuerte en la cabeza con una porra de madera que el mundo se apagó en cuestión de segundos. El individuo la cargó sin dificultad sobre su hombro derecho y la llevó directamente hacia una de las furgonetas. Sin embargo, alguien había oido el grito. Ren, que llevaba rato buscando a la joven, se asomó casi sin aliento al salir del callejón para ver cómo ese tipo la metía dentro. Al haber identificado por fin el vehículo, echó a correr rodeando el barrio mientras hacía una llamada telefónica. Necesitaba a todos los hombres disponibles con un coche ¡Y rápido!
La confrontación en el barrio acabó medianamente rápido. Hubo varios muertos y heridos. Los asaltantes se montaron de vuelta en sus furgonetas una vez habían secuestrado a varios civiles, a la vez que habían asesinado a otros tantos y a cualquier yakuza que se había acercado. Genji sabía que el siguiente paso es que la policía acudiera al lugar de los hechos y las acusaciones del joven Serizawa sólo habrían hecho pensar que había sido una lucha de clanes. La familia Shin, que controlaba casi la totalidad de Tokyo, sería acosada de forma incesante por la policía debido a la cantidad de civiles desaparecidos y asesinados. Sonreía con sólo pensar lo difícil que tendrían el simple hecho de llevar sus negocios con la ley pisándoles los talones. Ahora simplemente la familia Endo debía de ir absorviéndoles poco a poco y lo demás, sería historia. Cada una de las furgonetas se dirigió aquella noche a un lugar distinto por si habían sido identificados. En el caso de Genji, regresaba a Nagano, donde residía la oficina del clan Serizawa de los Endo, otra de las furgonetas se dirigía a Shuzuka mientras que una tercera permanecería en Tokyo para despistar, hacia Chiyoda. Era esa última furgoneta que estaba siendo perseguida por un coche negro, en el que iba Ren acompañado por tres compañeros más. Siguieron a la furgoneta de forma incesante hasta que finalmente, en aquel mar de edificios altos, llegaron a una especie de almacén. La furgoneta entró en el garaje y lentamente cerraron la puerta tras su llegada. El coche de Ren se detuvo a varios metros para inspeccionar el lugar y no llamar la atención -¿Qué hacemos ahora?- preguntó uno de los compañeros de Ren
-Sois parte de la familia, sabéis lo que va a acarrear para nosotros lo que esos hijos de puta han hecho- gruñó Ren
-Sí... ¿Pero qué podemos hacer? ¿Entrar y matarlos a todos?-
-Matar no es mi forma de hacer las cosas- dijo Ren bajando del coche
-¿Entonces?- los demás le siguieron
-Vosotros haced lo que queráis. Tomad lo que os pueda servir de arma o... lo que consideréis útil. Partidles las piernas, los dientes, los brazos, pero no matéis a nadie. Ya hay mucha sospecha sobre nosotros-
-Sí, Ren-san- asintieron conformes
-Tenemos la ventaja de la sorpresa. Aprovechadla. Sed silenciosos- ordenó y se dispusieron a entrar.
En el interior, tras haber aparcado la furgoneta y haber bajado a los secuestrados, los llevaron a todos a unas habitaciones a parte que debieron ser oficinas en su día. En cada una de ellas metieron a un individuo concreto y en el caso de mujeres, uno de los yakuza se metía con ellas para, según decían, probar la mercancía. Rose llevaba unos cuantos minutos consciente, aturdida aún así, pero capaz de oir y ver lo que estaba pasando. Ella fue la última en ser arrastrada a una de esas oficinas, pudiendo oir los gritos de terror y los golpes que propinaban a las mujeres si intentaban defenderse de aquellas "polvos de prueba" para las futuras putas de la familia Endo. Cuando a Rose la metieron en la habitación, fue el mismo tipo gigantesco que la raptó el que se introdujo con ella en el cuarto -Quítate la ropa- dijo en un perfecto japonés que Rose no terminó de comprender -La ropa, fuera- volvió a decir al ver que la chica, con una herida en la frente sangrante, le miraba confusa y débil -¿Qué te pasa, zorra extranjera? ¿Es que no entiendes lo que te digo o qué?- Rose masculló como podía que no entendía bien el japonés -Ah, con que es eso. Mala suerte para ti- de la nada surgió un bofetón poderoso que arrojó a Rose contra la pared, de tan grande que era la mano de aquel yakuza. Aprovechando lo aturdida y confusa que la chica permaneció durante unos minutos, el hombre se echó sobre ella y comenzó a tratar de quitarle el vestido. Rose comprendió lo que iba a pasar si no se defendía de alguna manera -Me da igual si no entiendes mi idioma, vas a hacer lo que se te ordena. Las perras extranjeras como tú podéis ser una gran fuente de dinero- tiraba y tiraba del vestido hasta que finalmente las costuras comenzaron a rasgarse en la parte del pecho -Pero antes déjame ver esas tetas- reía -¡Tengo que catarlas!- Rose luchaba desesperada por zafarse de sus gigantescas manos.
Fuera, la puerta de entrada del almacén sonó con tres sonoros golpes -¿Quién va?- preguntó el guardia, a lo que nadie contestó. Volvieron a sonar los tres sonoros golpes -¿Quién va? Si no contesta nadie no abriré-
-Cartero comerciaaaaal- dijo Ren en voz animada
-No queremos correo. Lárgate-
-¡No hace falta ser grosero! Sólo hago mi trabajo-
-Escúchame bien, payaso- dijo el guardia abriendo la puerta -Si te tengo que volver a decir que no, te voy a...- un fuerte puñetazo directo a la garganta dejó al yakuza sin voz, ahogándose, cayendo al suelo entre estertores. Una vez derribado, Ren le aplicó presión en el cuello para deshacer el nudo ocasionado por el golpe y que no se asfixiara
-Vía libre- susurró a los suyos, que entraron con discreción. Pudieron observar el almacén desde dentro. No era difícil saber dónde estaban los cautivos. La zona de carga y descarga de material estaba prácticamente vacía, sólo se encontraba allí la furgoneta. Sin embargo, en el piso superior donde las oficinas, estaba lleno de movimiento -No son muchos, podremos ocuparnos de esto nosotros solos. Subid dos por allí- señaló la escalera del otro lado del almacén -Takatsu y yo subiremos por aquí. Vamos- tal como lo ordenó, así se hizo. Flanqueando a los enemigos por ambos lados, mientras estos se fumaban unos cigarros, no fue demasiado costoso reducirlos aplicándoles una llave en el cuello para dejarlos inconscientes. El problema ahora estaba en entrar en las oficinas, donde se podía oir claramente lo que estaban realizándole a las chicas. No se podría coger desprevenidos a esos tipos y nada aseguraba que estuvieran solos. Los lamentos de las jóvenes hacía hervir la sangre de Ren
-¿Estás seguro que no los quieres muertos?- peguntó Takatsu, crugiéndose los nudillos -Esta panda de hijos de puta lo merece-
-Pero no lo merece Oyabun, ni el resto de nuestros hermanos. Sacad a las chicas de aquí, y a los hombres- se dispersaron para ir a por los prisioneros mientras en la última oficina, la más lejana, Rose luchaba por su propia seguridad. El gigantón que la zarandeaba ya prácticamente la había desnudado al romperle el traje casi por completo. El roce de sus manos sobre sus pechos, sus caderas, su espalda, era repulsivo
-¡Deja de resistirte, maldita sea!- la volvió a abofetear y aquel golpe fue la gota que colmó el vaso. Rose se llevó las manos a la cabeza, le dolía. Desde el momento en que empezó a tocarla estaba viendo cosas terribles. Cosas que ese hombre había hecho, cosas que quería hacer. Cosas que le iba a hacer a ella. Era suficiente. La ansiedad se apoderó de la pobre chica. Gritó. Y con el grito, el hombre se detuvo. De pronto le sangró la nariz. Se pasó un dedo por la misma para ver el abundante chorro que ya empapaba sus labios -¿Pero... qué...?- ese dedo manchado de sangre de pronto se dobló con un crugido a una posición imposible. Gritó. Y mientras él gritaba, gritaba Rose. Ya no sólo fue la nariz, sino las orejas y los ojos comenzaron a sangrar en abundancia, emanando de aquel tipo, mientras el cuerpo del yakuza crugía sin cesar en diversas partes del cuerpo, hasta las piernas y los brazos, retorciéndose de formas macabras. Finalmente, el cuerpo del yakuza salió expelido contra una de las paredes, contra la que se prensó más y más, partiéndose cada hueso en pedazos y con su cerebro haciéndose una papilla sanguinolienta que le manaba por cada orificio de la cabeza. Finalmente cayó al suelo fulminado, como un muñeco de trapo. Rose rompió en llantos. Le dolía todo. Desde la cabeza hasta los propios ojos. Las manos, los brazos, las piernas... todo, era un infierno. Se abrazó a sí misma contra la pared. Quería volver a casa, a su pequeño piso de alquiler, lejos de todo ese mundo, lejos de toda esa basura. Le pitaban los oidos con desagrado, a un alto volumen. Casi no oyó la puerta abrirse y los pasos que se acercaban. Pudo, sin embargo, eludir una mano que se acercó a ella
-¡Eh, eh, eh, tranquila!- era Ren, era el chico del callejón -Tú... tú eres...- Rose se recogió más en sí misma. Estaba asustada, estaba débil. No podría volver a defenderse de aquella manera -No tengas miedo- se arrodilló ante ella -¿Puedes entenderme?- Rose entendió esa pregunta. Negó con la cabeza -¿Tu entiendes?- habló en inglés, torpemente -Yo poco inglés hablo. Tu calma. Tu relajar. Yo soy amigo. No daño- Rose le miró consternada ¿Era eso cierto? ¿Por qué perseguirla entonces? -Nombre es Ren. Yagami Ren. Ven con yo. Te llevo a casa- ambos se miraron a los ojos durante un largo instante ¿De verdad venía a ayudar...? ¿No era uno más...?
martes, 22 de agosto de 2017
Los cuidados y artísticos kanjis empezaban a mezclarse ante la vista de la chica, quien descansaba su barbilla en el largo de su brazo. Las palabras de su acompañante, que cruzaba los idiomas, comenzaban a oirse huecas en su cabeza. Estaba cansada, tenía sueño, tenía...
-¿Me estás prestando atención?- la cortante pregunta del profesor, hizo que la chica abriese rápidamente los ojos y se irguiese al momento.
-¡Gomene!-
-Ya se que sabes disculparte. Te estaba explicando como se componen los kanjis de las palabras referidas a sentimientos, y eso dudo que lo sepas-
-Tiene razón-
-¿Y si la tengo por que no estabas prestando atención? Necesitas esto, Rose-
-Lo sé, lo sé...- dijo la chica con cierto resentimiento. Tenía la mirada perdida.
-¿Va todo bien? ¿Necesitas algo que no seas unas clases de japones particulares?-
-Todo bien, Taro sensei. De verdad- sonrió la chica, intentando sonar lo más convincente posible. Lo cierto es que no se encontraba bien, pero no era algo de lo que su profesor, Taro Akio, debiera preocuparse. Ya se sentía mal por robarle parte de su tiempo libre semanal en unas clases de japones que empezaban a ser demasiado improductivas, además de mal pagadas.
-Está bien. ¿Prefieres que demos por terminada la clase?- Rose asintió -Procura descansar, te ves pálida. Cuando lo hayas hecho, estudia. No quisiera hablarle a la pared el próximo día.
-Claro- la chica se puso en pie, alejándose del calor de la estufa que tanto ella como Akio habían estado compartiendo toda la tarde. Después de eso, se inclinó como señal de respeto y gratitud. Poco a poco, empezaba a reflejar de forma inconsciente los modales japoneses.
-No tienes por qué ser así conmigo-
-Le tengo respeto, sensei. Le debo toda la ayuda que me está dando-
-Pero se mas cultura americana que tú de japonesa. Estoy más que integrado en tu costumbre-
-Pero usted es japones y estamos en Tokio. Me ceñiré a como son aquí las cosas, no solo al idioma. Lo necesito- la chica volvió a inclinarse, lo que provocó que Akio se rascase la nuca. Tomó su pulcro maletín de cuero y se dirigió hacia la puerta del piso, donde se calzó los zapatos, unos con pinta de ser muy caros.
-¿Trabajas hoy?- Rose asintió -No te sobreesfuerces. Recuerda llamarme si lo necesitas- La chica se mordió el interior de la mejilla. ¿Tan necesitada de ayuda se la veía? Akio abrió la puerta. El día estaba nuboso, tanto, que se podía predecir que quizá aquella noche caería la primera nevada del año. Tras dirigir una mirada al cielo, los ojos rasgados del hombre se dirigieron por última vez a la chica, a sus manos. -Me dirás alguna vez al menos por que eres tan friolera ¿No?- bromeó. Rose escondió con disimulo sus manos enguantadas a sus espaldas.
-Sí, sí... el día en el que sepa formular una frase entera y después escribirla- fingió seguirle el juego. -Adios, sensei- se despidió con la mano. El hombre hizo lo mismo y se marchó. Rose cerró la puerta justo después de que lo hiciera y se echó al suelo. Se sentó con las rodillas recogidas entre sus brazos. Al dirigir una mirada al piso, sintió vergüenza de invitar tantas veces a un profesor a un cuchitril apenas sin amueblar y despintado. ¿Por qué tenía siempre... tan mala suerte?
Cuando la noche cayó, Rose se vistió con uno de sus tantos uniformes temporales. Sus trabajos, inestables, le causaban ante todo una incertidumbre total. Salir a la calle con un vestido azul corto le provocó frío, pero no era nada comparado con la desgana de ir a trabajar. La chica vivía en los límites del barrio de Adachi. Como cada vez que le tocaba una jornada, tomaba el metro hasta Shijuku, pues trabaja para el Comic Café, captando clientes y repartiendo panfletos de propaganda al son de un sonoro ¡Shite Kudasai Sugoshimasu! Lo que le tomaba unos treinta minutos desesperantes en metro, el cual consumía gran parte de su penoso salario. Cuando llegó y saludó lo más animada que pudo a sus compañeros del Café, estos, con desgana, le dieron los panfletos a repartir y un megáfono para hacer la propaganda. Aquella noche, Shibuya estaba especialmente bulliciosa.
Conforme pasaban las horas, más cansada se encontraba la chica. Se sonrojó numerosas veces al comprobar que, conforme pregonaba, su estómago crujía como una tormenta. No lo podía evitar y muchísimo menos ocultar. Con las manos aún ocultas dentro de dos guantes calificados por la juventud como monos, terminó su labor a altas horas de la noche, por la que recibió una paga de apenas 2.000 yens. No era suficiente. No lo era.
Estaba derrotada, abatida, mientras a sus espaldas echaban el cierre al Café. No iba a poder pagar su deuda... jamás.
-¿Me estás prestando atención?- la cortante pregunta del profesor, hizo que la chica abriese rápidamente los ojos y se irguiese al momento.
-¡Gomene!-
-Ya se que sabes disculparte. Te estaba explicando como se componen los kanjis de las palabras referidas a sentimientos, y eso dudo que lo sepas-
-Tiene razón-
-¿Y si la tengo por que no estabas prestando atención? Necesitas esto, Rose-
-Lo sé, lo sé...- dijo la chica con cierto resentimiento. Tenía la mirada perdida.
-¿Va todo bien? ¿Necesitas algo que no seas unas clases de japones particulares?-
-Todo bien, Taro sensei. De verdad- sonrió la chica, intentando sonar lo más convincente posible. Lo cierto es que no se encontraba bien, pero no era algo de lo que su profesor, Taro Akio, debiera preocuparse. Ya se sentía mal por robarle parte de su tiempo libre semanal en unas clases de japones que empezaban a ser demasiado improductivas, además de mal pagadas.
-Está bien. ¿Prefieres que demos por terminada la clase?- Rose asintió -Procura descansar, te ves pálida. Cuando lo hayas hecho, estudia. No quisiera hablarle a la pared el próximo día.
-Claro- la chica se puso en pie, alejándose del calor de la estufa que tanto ella como Akio habían estado compartiendo toda la tarde. Después de eso, se inclinó como señal de respeto y gratitud. Poco a poco, empezaba a reflejar de forma inconsciente los modales japoneses.
-No tienes por qué ser así conmigo-
-Le tengo respeto, sensei. Le debo toda la ayuda que me está dando-
-Pero se mas cultura americana que tú de japonesa. Estoy más que integrado en tu costumbre-
-Pero usted es japones y estamos en Tokio. Me ceñiré a como son aquí las cosas, no solo al idioma. Lo necesito- la chica volvió a inclinarse, lo que provocó que Akio se rascase la nuca. Tomó su pulcro maletín de cuero y se dirigió hacia la puerta del piso, donde se calzó los zapatos, unos con pinta de ser muy caros.
-¿Trabajas hoy?- Rose asintió -No te sobreesfuerces. Recuerda llamarme si lo necesitas- La chica se mordió el interior de la mejilla. ¿Tan necesitada de ayuda se la veía? Akio abrió la puerta. El día estaba nuboso, tanto, que se podía predecir que quizá aquella noche caería la primera nevada del año. Tras dirigir una mirada al cielo, los ojos rasgados del hombre se dirigieron por última vez a la chica, a sus manos. -Me dirás alguna vez al menos por que eres tan friolera ¿No?- bromeó. Rose escondió con disimulo sus manos enguantadas a sus espaldas.
-Sí, sí... el día en el que sepa formular una frase entera y después escribirla- fingió seguirle el juego. -Adios, sensei- se despidió con la mano. El hombre hizo lo mismo y se marchó. Rose cerró la puerta justo después de que lo hiciera y se echó al suelo. Se sentó con las rodillas recogidas entre sus brazos. Al dirigir una mirada al piso, sintió vergüenza de invitar tantas veces a un profesor a un cuchitril apenas sin amueblar y despintado. ¿Por qué tenía siempre... tan mala suerte?
Cuando la noche cayó, Rose se vistió con uno de sus tantos uniformes temporales. Sus trabajos, inestables, le causaban ante todo una incertidumbre total. Salir a la calle con un vestido azul corto le provocó frío, pero no era nada comparado con la desgana de ir a trabajar. La chica vivía en los límites del barrio de Adachi. Como cada vez que le tocaba una jornada, tomaba el metro hasta Shijuku, pues trabaja para el Comic Café, captando clientes y repartiendo panfletos de propaganda al son de un sonoro ¡Shite Kudasai Sugoshimasu! Lo que le tomaba unos treinta minutos desesperantes en metro, el cual consumía gran parte de su penoso salario. Cuando llegó y saludó lo más animada que pudo a sus compañeros del Café, estos, con desgana, le dieron los panfletos a repartir y un megáfono para hacer la propaganda. Aquella noche, Shibuya estaba especialmente bulliciosa.
Conforme pasaban las horas, más cansada se encontraba la chica. Se sonrojó numerosas veces al comprobar que, conforme pregonaba, su estómago crujía como una tormenta. No lo podía evitar y muchísimo menos ocultar. Con las manos aún ocultas dentro de dos guantes calificados por la juventud como monos, terminó su labor a altas horas de la noche, por la que recibió una paga de apenas 2.000 yens. No era suficiente. No lo era.
Estaba derrotada, abatida, mientras a sus espaldas echaban el cierre al Café. No iba a poder pagar su deuda... jamás.
El olor del incienso llenaba por completo la estancia mientras, lentamente, Serizawa Tozen, Oyabun de la familia Endo, deslizaba con suma delicadeza las varillas de incienso de un lado a otro, extendiendo el aroma por la habitación, ante el increible altar que tenía levantado a los dioses del sintoimso. Allí, arrodillado y vestido con su hakama negro, rezaba en voz baja por su protección y su buenaventura, ante la atenta mirada de Amaterasu, madre de Emperadores, al igual que velaba por la bonanza a Ryujin, el dios dragón protector del mar, que en el altar, rodeaba a la sonriente estatua de la diosa. El hombre se quedó paralizado ante la belleza de su altar, dejando las varillas de incienso consumirse sobre un platito ceremonial bajo las figuras de las deidades. Veía las siluetas esconderse tras los hilos de humo de las varillas mientras sus ojos brillaban con ilusión, lleno de ideas para un futuro muy, muy cercano. Sabía, sin duda alguna, que el momento había llegado. Había soñado con ello durante una semana entera. Había visto al santo dragón. Había sido ungido por Ryujin. Le estaba esperando. Le esperaba el poder del mar y con ese poder, le esperaba también el trono de todo Japón, bajo la atenta mirada protectora de su madre, Amaterasu. Su íntimo ritual de rezo se vio interrumpido no obstante por el deber. La puerta corrediza al otro lado de la habitación se abrió para dar paso a Serizawa Genji, su nieto. Un muchacho joven, impulsivo, con tintes agresivos. Tozen sin embargo lo consideraba apasionado y lleno de vida. Lo veía como un joven dragón. La esperanza para el clan Serizawa y la familia Endo. Su nieto sería lo que su hijo no fue. La katana, la poderosa arma que apartaría los obstáculos -Abuelo, tenemos que hablar- dijo apresurado
-¿Qué es tan importante, mi buen nieto, como para interrumpir mis rezos?- preguntó sosegado, hipnotizado por el altar
-Todo está listo- sonrió Genji -Todo. Por fin hemos dispuesto a nuestros hombres por todas partes. Tenemos topos en Kabukicho. También hemos comprado al clan Taki, están de nuestra parte. Nos abrirán las puertas. Vamos a dar un duro golpe que no van a ver llegar- comentó entusiasmado
-Ah... mi joven Genji- rió el anciano, dándose la vuelta lentamente para mirar a su nieto con ojos amables -¿No lo verán llegar? Sí, lo verán... la familia Shin lo ve todo. Sobre todo el Oyabun Uchiwa. Tokyo es su hogar. Kabukicho es su patio, su cesped, su terreno de juego. Ya saben que estamos allí...- casi susurraba, lleno de paz
-No han mostrado estar alerta, sin embargo. Seguramente, abuelo, los sobrevaloras-
-Desprecia a tu enemigo, joven dragón, y serás aplastado por el simple barro que levantan sus pisadas en este terreno pantanoso en el que vivimos- reprendió con amabilidad
-Venga, abuelo- rió Genji -¿De verdad me estás diciendo que no debo entusiarmarme? Si alguno de esos cabrones aparece... ¡Y ojalá que aparezcan! Tendremos una gloriosa guerra que librar-
-Oh... la guerra llegará- se giró de nuevo lentamente para tomar una varilla de incienso -La guerra siempre llega- la alzó para ver cómo lentamente se consumía -La paz está vacía, es el estado innatural del hombre. No hay nada glamuroso, nada que brille, nada de valor en la paz- reflexionó, viendo el humo ascender ante la figura segura y egocéntrica de Genji -Pero el fuego que rápido arde rápido se apaga, nieto. No esperes que sea pronta la feroz contienda. Mantén envainada tu espada- ante esas palabras, el nieto Serizawa frunció el ceño
-¡Venga ya, viejo!- gruñó -Me gustan tus reflexiones de abuelo batallitas pero tampoco voy a permitir que eches abajo mi fantástico plan- torció una media sonrisa -No, ni de coña. Estoy hasta la polla de esos Shin. Especialmente de los Uchiwa. El viejo Saito ha dado más de un quebradero de cabeza a los nuestros a lo largo de estos años y se están llevando todas las mejores ganancias que este país puede ofrecer. Tokyo es un hervidero de dinero y lo quiero para mí ¡Si voy a ser el próximo Oyabun, necesito poder!- terció, haciendo reir a carcajadas a Tozen
-El poder que necesitas es el dinero, dices- volvió a reir -El poder que necesitas, Genji, es precisamente ese, poder. Y ese poder, sólo los espíritus y los dioses te lo otorgarán-
-No me vengas con mierdas- la paciencia del joven se acababa -No estoy ya de humor para hablar de estatuitas doradas y espíritus invisibles. Esas memeces no nos ayudarán a destruir a los Shin, que...- ante la impertinencia de Genji, Tozen se puso en pie, desenvainó una wakizashi que llevaba en el cinto cual samurai y se acercó a su nieto. Le colocó la hoja en el vientre, precisamente en el ombligo y lo miró a los ojos
-Insultar a los dioses es insultarme, insolente, pues soy su descendiente. Y aunque seas mi nieto no toleraré insubordinación alguna. Si tan convencido estás de lo estúpida que resulta mi creencia en nuestros señores celestiales, no me sirves de nada. Si vas a seguir faltándome el respeto, agarra ahora mismo este arma y saca tus tripas, desparrámalas ante mí, muestra tu convicción en tus creencias- Tozen era mayor, pero toda su vida había sido un yakuza y lo llevaba en la mirada. La convicción, la dureza, su espíritu guerrero del más puro acero. Genji se estremeció al dejar de ver a su abuelo como un amable señor que reza a los dioses para verlo de nuevo en los pantalones de un tenaz y furioso Oyabun de la familia Endo. El joven se arrodilló velozmente y agachó la cabeza hasta tocar el suelo con la frente
-¡Discúlpame, Oyabun!- dijo velozmente -Mis más sinceras disculpas. No pretendía ofenderte. Merezco cualquier castigo que me imponga-
-Levántate- dijo finalmente Tozen, envainando la wakizashi, una katana corta -Sólo no vuelvas a ofender a los dioses. Ellos cuidan de ti. Si tu plan sale bien será gracias a ellos-
-Sí- dijo Genji -Así será-
-No te lo diré de nuevo, Genji. Los Shin estarán pendientes a tus movimientos, así que ten cuidado. Que todos los hombres vayan preparados y... no os preocupéis si dejáis cadáveres-
-No escatimaremos en esfuerzos, señor-
-De hecho...- se rascó la barbilla Tozen -Cread el mayor caos posible-
-¿Planeas algo?- alzó la mirada el muchacho
-Queremos declararles nuestras intenciones. Queremos causar confusión y daño moral... pero atraer a la policía hasta su puerta tampoco estará de más. Quiero armas de fuego. Disparad. Que el cielo se llene de acero y también algunos cuerpos. Sobre todo de inocentes- Genji sonrió -Civiles muertos será algo que la policía no podrá dejar de lado. No dejéis rastro de que hemos sido nosotros- ordenó -Si eso ocurriera, Genji...- la mirada fue advertencia suficiente
-Sí, Oyabun- se puso en pie y se inclinó ante su abuelo y jefe para luego marcharse a ultimar los preparativos. Tozen bufó, relajó su rostro y volvió a arrodillarse ante el altar a los dioses, a los que continuó rezando.
-¡Sea bienvenido a la Geisha Melocotón!- dijo la dulce voz de una anfitriona, una chica hermosa, de piel cuidada y casi profesionalmente maquillada. Era joven, muy, muy joven. Apenas debía de haber alcanzado la mayoría de edad y, aunque no iba vestida como una prostituta, dejaba ver un pronunciado escote por el que asomaban redondos sus pechos de piel lechosa como porcelana en un traje corto que poco o nada faltaba para revelar los encantos de su trasero. Al recién llegado empresario que había entrado al local casi se le cayeron los dientes de la mandíbula al verla -Me llamo Kumiko ¿Me permitiría ser hoy su anfitriona? Le serviré toda bebida que usted desee, caballero ¡Hasta le daré un masaje si está usted cansado de su arduo día de trabajo!-
-¡Ah, Kumiko-chan! Ya me has alegrado el día con sólo verte ¡Por favor, ven a sentarte conmigo!- dijo el empresario, de aspecto algo sudoroso y desagradable, regordete y con una calva incipiente. A pesar de ser desagradable en muchos aspectos, la chica se mantenía firme en sus convicciones de ser la anfitriona perfecta y lo guió hasta una mesa libre. La Geisha Melocotón no era un local muy grande, pero se estaba convirtiendo en toda una joya de Kabukicho en los últimos meses desde que el local se rehabilitó. Muchos de los que iban sabían que era un local bajo el amparo de la yakuza ¿Pero qué más daba? Nadie les molestaba y las chicas eran, precisamente, dulces y tersas como melocotoncitos. El encargado del local no era otro que Shimada Hideo, un hombre afable y bobalicón, pacífico y temeroso de la violencia. Muchos se tomaban ciertas libertades sabiendo que semejante encargado no se pondría a proteger a las chicas y aquel empresario, Takeo, tenía ganas de marcha. La chica le sirvió elegantemente un combinado que olía de maravilla a pesar de estar cargado de alcohol, aunque Takeo tenía otros planes a posteriori. Tras la ingesta de tres copas similares, algo acalorado, miró decidido a la chica -Oye Kumiko-chan ¿Qué tal un masaje?- movió la cabeza de un lado a otro -Me duele toooooodo el cuerpo-
-¡Claro que sí, todo por nuestros clientes!- rió juguetona la chica, que fue a rodear el asiento
-¡No, no, no, no! Mejor aquí, delante ¿Quieres? Así puedo ver lo hermosa que eres- Kumiko lo entendió al instante. Contuvo con mucho esfuerzo un suspiro pesado y mantuvo la sonrisa. Se colocó ante el hombre, esperando a que éste abriera las piernas para ella colocarse ante él, pero no lo hizo -Perdona que no separe las piernas pero esque me duelen una barbaridad ¿Podrías colocarte tú?- Kumiko tuvo que separar las suyas con suma dificultad, debido a lo corto que era el traje que se había puesto. Era un gran esfuerzo colocarse casi sobre el regazo del hombre sin que se le subiera aún más. Además, Takeo era bajito, por lo que debía inclinarse. Sus pechos quedaban perfectamente colgantes a la altura de los ávidos ojos del empresario, que baboseaba constantemente mientras las frágiles manos de la chica masajeaban sus hombros -Ah... Kumiko-chan... Kumiko-chan...-
-¿Es agradable, señor cliente?- dijo ella con dulzura -¿Le gusta así?-
-Oh, sí... cómo me gusta así...- decía mientras dejaba de lado su atención del masaje y sólo se fijaba en los pechos bamboleantes de la joven -¡Cómo me gusta así...!- la agarró de la cintura y la obligó a caer sobre su regazo, introduciendo de lleno el rostro en su escote, lamiéndolo con pasión
-¡Ah! ¡Por favor, deténgase! ¡No!- gritó la chica, que forcejeaba y trataba de apartarse del aferrado empresario, que mientras saboreaba sus encantos apretaba con lujuria sus nalgas de un vestido que cada vez se le subía más y más -¡Por favor, pare! ¡Pare!- no sabía qué hacer. La música, el ruido, las risas, las conversaciones. Pocos o ninguno parecía reparar en lo que estaba ocurriendo en aquel asiento, hasta que una voz carraspeó junto al hombre
-Disculpe, caballero- dijo una voz amable
-¡Ren-kun!- al oir el nombre de la voz de la chica, el empresario se apartó de los pechos de la chica y le soltó el trasero
-¿Quién eres? ¿Qué quieres?- Ren Yagami, un joven de 32 años que pertenecía al clan Uchiwa. Era un acogido y apadrinado por Uchiwa Saito, el patriarcha del clan Uchiwa y Oyabun de la familia Shin, aunque eso Takeo no podía imaginárselo. El empresario sólo veía a un muchacho joven, atractivo, con una sonrisa encantadora, que le estaba impidiendo disfrutar de la noche
-Me llamo Yagami Ren y quisiera pedirle, si es tan amable, que deje en paz a la chica. Tenemos una muy estricta política de no tocar en este local y en otros muchos-
-Eh, escucha, mocoso- se apartó a Kumiko de encima y se puso en pie -Yo aquí soy el cliente- señaló el local -Y el cliente manda ¿Te enteras? Es mi dinero, mi jodido dinero, el que gano con mi esfuerzo y labor diaria, el que mantiene antros como este ¿Me ofrecéis alcohol? Lo bebo ¿Me ofrecéis chicas? Las toco y me las como si quiero- soltó una carcajada -Así funcionan las cosas, chico-
-No funcionan así, me temo- sonrió de nuevo Ren -Si me acompaña un instante, podemos arreglar este malentendido-
-¿Acompañarte, a dónde?-
-A ver al encargado. Será un momento. Si usted tiene razón, el encargado me lo aclarará en seguida y podrá volver a disfrutar de la dulce carne de la chica-
-Me importa una mierda el encargado. Pienso disfrutar de Kumiko diga lo que diga-
-Tal vez le interese saber de que serán a gastos pagados si soy yo el equivocado con el trato al cliente-
-Oh, en ese caso sí- rió -Vamos. Verás como tu jefecillo te da un par de azotes y te dice que me dejes hacer a mi albedrío- Ren borró la sonrisa en cuanto le dio la espalda al tipo y éste le seguía. Kumiko se arregló el traje a toda prisa, recogió los vasos y se marchó del asiento. Sabía que Takeo no iba a volver.
El empresario cruzó el umbral de una puerta siguiendo a Ren para acabar en un callejón de Kabukicho, uno algo sombrío en el que no había nadie ni había salida. Era un pequeño callejón que usaban como almacén -Eh ¿Qué es esto? He bebido pero no estoy lo bastante borracho como para creerme que el encargado va a venir a recibirme a un callejón que huele a...- el puñetazo le llegó de golpe, sin esperarlo. Takeo, con su rollizo cuerpo, se estampó contra la pared. Escupió sangre que se le acumuló en la boca -¿¡Eh!? ¿¡Qué cojones...!?- el muchacho se acercó y lo agarró del cuello
-Si te digo que no a algo, es que no- volvió a aporrearle -Si una chica te dice que no, es que no- volvió a golpearle -En esta ciudad, en este barrio, mandamos nosotros ¿Te enteras, gordito?- el siguiente puñetazo fue al estómago. Y le siguieron dos más. Takeo vomitó todo lo ingerido en el suelo, cayendo de rodillas
-P-Pero... ¡Pero...!-
-Creo que se te ha olvidado quién controla el distrito y estos negocios ¿No?-
-Espera... ¿Tú...? ¡No me jodas! ¡Si no aparentas...!- Ren se abrió ligeramente la camisa para mostrar el tatuaje en el hombro derecho
-Siempre dicen que las apariencias engañan- se agachó junto al apalizado Takeo -Vamos a arreglar las cosas como se deben arreglar ¿Qué te parece?-
-Por favor no me mates ¡Lo siento! ¡El alcohol se me ha subido a la cabeza! ¡Nunca le faltaría el respeto a la yakuza!-
-Craso error, viejo. No le faltes el respeto a la yakuza, ni a las mujeres, ni a los niños, ni a nadie en general ¿Qué te parece?-
-¡Sí, señor! ¡Perdóname!-
-Ahora vas a entrar ahí dentro y vas a pedirle perdón a Kumiko, de rodillas-
-¡Sí, señor! ¡Lo siento!
-Y vas a vaciar tu cartera en su mano-
-¡Sí, señor!- Ren acabó suspirando
-No eres más que un viejo patético sin nada en la vida ¿eh?-
-Yo... yo...-
-¿Estás casado?-
-S-sí... mi mujer se llama...-
-No, no. Me da igual cómo se llame esa santa mujer- le palmeó la espalda -Sólo vuelve con ella y dedícate a tu hogar. Y confíesale que eres un puto cerdo ¿Eh?- sonrió -Y si te abandona, que ojalá lo haga viendo la clase de hombre que eres, no quiero verte por aquí lloriqueándole a las chicas ¿Está claro? Si apareces otra vez por aquí, espero que sólo sea para pasar el rato e irte en paz ¿Qué te parece?-
-S-sí... lo-lo siento...- Ren lo ayudó a ponerse en pie y lo acompañó adentro de nuevo, donde le ofreció un pañuelito para limpiarse la sangre de los labios. Observó de brazos cruzados cómo se disculpaba Takeo con Kumiko y le pagaba todo el dinero que llevaba encima por compensación. La chica quiso negarse a aceptar tanto dinero pero Ren la convenció con un asentimiento de cabeza. Finalmente Takeo se marchó hacia la puerta
-¡Vuelve otro día!- se despidió sonriente el muchacho
-Ren-kun... no era necesario que...- la chica le agarró la manga de la chaqueta
-Siempre es necesario- suspiró el joven -Cuando vienen creyéndose los reyes del mambo hay que bajarles los humos. No deben olvidar quiénes somos y por qué somos los dueños de este lugar. La yakuza tiene un nombre que mantener, un honor que preservar. Y si es necesario, lo lavaremos con sangre- la chica no sabía qué decir -Anda, vete por hoy si quieres-
-¡No! Es mi trabajo. Debo cumplirlo-
-En ese caso sonríe, mujer. Tómate algo, descansa un poco y vuelve a lo tuyo- sonrió. Ella le devolvió la sonrisa y asintió animada
-Muchas gracias por la asistencia Ren-kun- Ren le devolvió ligeramente la inclinación de cabeza y la chica se marchó. El joven salió al exterior, a la calle del aclamado Kabukicho. Se encendió un cigarro y exhaló el humo con desasosiego. Otra larga noche más, a la espera de que algo pueda ocurrir... a veces, algunas veces, se imaginaba viviendo otra clase de vida.
-¿Qué es tan importante, mi buen nieto, como para interrumpir mis rezos?- preguntó sosegado, hipnotizado por el altar
-Todo está listo- sonrió Genji -Todo. Por fin hemos dispuesto a nuestros hombres por todas partes. Tenemos topos en Kabukicho. También hemos comprado al clan Taki, están de nuestra parte. Nos abrirán las puertas. Vamos a dar un duro golpe que no van a ver llegar- comentó entusiasmado
-Ah... mi joven Genji- rió el anciano, dándose la vuelta lentamente para mirar a su nieto con ojos amables -¿No lo verán llegar? Sí, lo verán... la familia Shin lo ve todo. Sobre todo el Oyabun Uchiwa. Tokyo es su hogar. Kabukicho es su patio, su cesped, su terreno de juego. Ya saben que estamos allí...- casi susurraba, lleno de paz
-No han mostrado estar alerta, sin embargo. Seguramente, abuelo, los sobrevaloras-
-Desprecia a tu enemigo, joven dragón, y serás aplastado por el simple barro que levantan sus pisadas en este terreno pantanoso en el que vivimos- reprendió con amabilidad
-Venga, abuelo- rió Genji -¿De verdad me estás diciendo que no debo entusiarmarme? Si alguno de esos cabrones aparece... ¡Y ojalá que aparezcan! Tendremos una gloriosa guerra que librar-
-Oh... la guerra llegará- se giró de nuevo lentamente para tomar una varilla de incienso -La guerra siempre llega- la alzó para ver cómo lentamente se consumía -La paz está vacía, es el estado innatural del hombre. No hay nada glamuroso, nada que brille, nada de valor en la paz- reflexionó, viendo el humo ascender ante la figura segura y egocéntrica de Genji -Pero el fuego que rápido arde rápido se apaga, nieto. No esperes que sea pronta la feroz contienda. Mantén envainada tu espada- ante esas palabras, el nieto Serizawa frunció el ceño
-¡Venga ya, viejo!- gruñó -Me gustan tus reflexiones de abuelo batallitas pero tampoco voy a permitir que eches abajo mi fantástico plan- torció una media sonrisa -No, ni de coña. Estoy hasta la polla de esos Shin. Especialmente de los Uchiwa. El viejo Saito ha dado más de un quebradero de cabeza a los nuestros a lo largo de estos años y se están llevando todas las mejores ganancias que este país puede ofrecer. Tokyo es un hervidero de dinero y lo quiero para mí ¡Si voy a ser el próximo Oyabun, necesito poder!- terció, haciendo reir a carcajadas a Tozen
-El poder que necesitas es el dinero, dices- volvió a reir -El poder que necesitas, Genji, es precisamente ese, poder. Y ese poder, sólo los espíritus y los dioses te lo otorgarán-
-No me vengas con mierdas- la paciencia del joven se acababa -No estoy ya de humor para hablar de estatuitas doradas y espíritus invisibles. Esas memeces no nos ayudarán a destruir a los Shin, que...- ante la impertinencia de Genji, Tozen se puso en pie, desenvainó una wakizashi que llevaba en el cinto cual samurai y se acercó a su nieto. Le colocó la hoja en el vientre, precisamente en el ombligo y lo miró a los ojos
-Insultar a los dioses es insultarme, insolente, pues soy su descendiente. Y aunque seas mi nieto no toleraré insubordinación alguna. Si tan convencido estás de lo estúpida que resulta mi creencia en nuestros señores celestiales, no me sirves de nada. Si vas a seguir faltándome el respeto, agarra ahora mismo este arma y saca tus tripas, desparrámalas ante mí, muestra tu convicción en tus creencias- Tozen era mayor, pero toda su vida había sido un yakuza y lo llevaba en la mirada. La convicción, la dureza, su espíritu guerrero del más puro acero. Genji se estremeció al dejar de ver a su abuelo como un amable señor que reza a los dioses para verlo de nuevo en los pantalones de un tenaz y furioso Oyabun de la familia Endo. El joven se arrodilló velozmente y agachó la cabeza hasta tocar el suelo con la frente
-¡Discúlpame, Oyabun!- dijo velozmente -Mis más sinceras disculpas. No pretendía ofenderte. Merezco cualquier castigo que me imponga-
-Levántate- dijo finalmente Tozen, envainando la wakizashi, una katana corta -Sólo no vuelvas a ofender a los dioses. Ellos cuidan de ti. Si tu plan sale bien será gracias a ellos-
-Sí- dijo Genji -Así será-
-No te lo diré de nuevo, Genji. Los Shin estarán pendientes a tus movimientos, así que ten cuidado. Que todos los hombres vayan preparados y... no os preocupéis si dejáis cadáveres-
-No escatimaremos en esfuerzos, señor-
-De hecho...- se rascó la barbilla Tozen -Cread el mayor caos posible-
-¿Planeas algo?- alzó la mirada el muchacho
-Queremos declararles nuestras intenciones. Queremos causar confusión y daño moral... pero atraer a la policía hasta su puerta tampoco estará de más. Quiero armas de fuego. Disparad. Que el cielo se llene de acero y también algunos cuerpos. Sobre todo de inocentes- Genji sonrió -Civiles muertos será algo que la policía no podrá dejar de lado. No dejéis rastro de que hemos sido nosotros- ordenó -Si eso ocurriera, Genji...- la mirada fue advertencia suficiente
-Sí, Oyabun- se puso en pie y se inclinó ante su abuelo y jefe para luego marcharse a ultimar los preparativos. Tozen bufó, relajó su rostro y volvió a arrodillarse ante el altar a los dioses, a los que continuó rezando.
-¡Sea bienvenido a la Geisha Melocotón!- dijo la dulce voz de una anfitriona, una chica hermosa, de piel cuidada y casi profesionalmente maquillada. Era joven, muy, muy joven. Apenas debía de haber alcanzado la mayoría de edad y, aunque no iba vestida como una prostituta, dejaba ver un pronunciado escote por el que asomaban redondos sus pechos de piel lechosa como porcelana en un traje corto que poco o nada faltaba para revelar los encantos de su trasero. Al recién llegado empresario que había entrado al local casi se le cayeron los dientes de la mandíbula al verla -Me llamo Kumiko ¿Me permitiría ser hoy su anfitriona? Le serviré toda bebida que usted desee, caballero ¡Hasta le daré un masaje si está usted cansado de su arduo día de trabajo!-
-¡Ah, Kumiko-chan! Ya me has alegrado el día con sólo verte ¡Por favor, ven a sentarte conmigo!- dijo el empresario, de aspecto algo sudoroso y desagradable, regordete y con una calva incipiente. A pesar de ser desagradable en muchos aspectos, la chica se mantenía firme en sus convicciones de ser la anfitriona perfecta y lo guió hasta una mesa libre. La Geisha Melocotón no era un local muy grande, pero se estaba convirtiendo en toda una joya de Kabukicho en los últimos meses desde que el local se rehabilitó. Muchos de los que iban sabían que era un local bajo el amparo de la yakuza ¿Pero qué más daba? Nadie les molestaba y las chicas eran, precisamente, dulces y tersas como melocotoncitos. El encargado del local no era otro que Shimada Hideo, un hombre afable y bobalicón, pacífico y temeroso de la violencia. Muchos se tomaban ciertas libertades sabiendo que semejante encargado no se pondría a proteger a las chicas y aquel empresario, Takeo, tenía ganas de marcha. La chica le sirvió elegantemente un combinado que olía de maravilla a pesar de estar cargado de alcohol, aunque Takeo tenía otros planes a posteriori. Tras la ingesta de tres copas similares, algo acalorado, miró decidido a la chica -Oye Kumiko-chan ¿Qué tal un masaje?- movió la cabeza de un lado a otro -Me duele toooooodo el cuerpo-
-¡Claro que sí, todo por nuestros clientes!- rió juguetona la chica, que fue a rodear el asiento
-¡No, no, no, no! Mejor aquí, delante ¿Quieres? Así puedo ver lo hermosa que eres- Kumiko lo entendió al instante. Contuvo con mucho esfuerzo un suspiro pesado y mantuvo la sonrisa. Se colocó ante el hombre, esperando a que éste abriera las piernas para ella colocarse ante él, pero no lo hizo -Perdona que no separe las piernas pero esque me duelen una barbaridad ¿Podrías colocarte tú?- Kumiko tuvo que separar las suyas con suma dificultad, debido a lo corto que era el traje que se había puesto. Era un gran esfuerzo colocarse casi sobre el regazo del hombre sin que se le subiera aún más. Además, Takeo era bajito, por lo que debía inclinarse. Sus pechos quedaban perfectamente colgantes a la altura de los ávidos ojos del empresario, que baboseaba constantemente mientras las frágiles manos de la chica masajeaban sus hombros -Ah... Kumiko-chan... Kumiko-chan...-
-¿Es agradable, señor cliente?- dijo ella con dulzura -¿Le gusta así?-
-Oh, sí... cómo me gusta así...- decía mientras dejaba de lado su atención del masaje y sólo se fijaba en los pechos bamboleantes de la joven -¡Cómo me gusta así...!- la agarró de la cintura y la obligó a caer sobre su regazo, introduciendo de lleno el rostro en su escote, lamiéndolo con pasión
-¡Ah! ¡Por favor, deténgase! ¡No!- gritó la chica, que forcejeaba y trataba de apartarse del aferrado empresario, que mientras saboreaba sus encantos apretaba con lujuria sus nalgas de un vestido que cada vez se le subía más y más -¡Por favor, pare! ¡Pare!- no sabía qué hacer. La música, el ruido, las risas, las conversaciones. Pocos o ninguno parecía reparar en lo que estaba ocurriendo en aquel asiento, hasta que una voz carraspeó junto al hombre
-Disculpe, caballero- dijo una voz amable
-¡Ren-kun!- al oir el nombre de la voz de la chica, el empresario se apartó de los pechos de la chica y le soltó el trasero
-¿Quién eres? ¿Qué quieres?- Ren Yagami, un joven de 32 años que pertenecía al clan Uchiwa. Era un acogido y apadrinado por Uchiwa Saito, el patriarcha del clan Uchiwa y Oyabun de la familia Shin, aunque eso Takeo no podía imaginárselo. El empresario sólo veía a un muchacho joven, atractivo, con una sonrisa encantadora, que le estaba impidiendo disfrutar de la noche
-Me llamo Yagami Ren y quisiera pedirle, si es tan amable, que deje en paz a la chica. Tenemos una muy estricta política de no tocar en este local y en otros muchos-
-Eh, escucha, mocoso- se apartó a Kumiko de encima y se puso en pie -Yo aquí soy el cliente- señaló el local -Y el cliente manda ¿Te enteras? Es mi dinero, mi jodido dinero, el que gano con mi esfuerzo y labor diaria, el que mantiene antros como este ¿Me ofrecéis alcohol? Lo bebo ¿Me ofrecéis chicas? Las toco y me las como si quiero- soltó una carcajada -Así funcionan las cosas, chico-
-No funcionan así, me temo- sonrió de nuevo Ren -Si me acompaña un instante, podemos arreglar este malentendido-
-¿Acompañarte, a dónde?-
-A ver al encargado. Será un momento. Si usted tiene razón, el encargado me lo aclarará en seguida y podrá volver a disfrutar de la dulce carne de la chica-
-Me importa una mierda el encargado. Pienso disfrutar de Kumiko diga lo que diga-
-Tal vez le interese saber de que serán a gastos pagados si soy yo el equivocado con el trato al cliente-
-Oh, en ese caso sí- rió -Vamos. Verás como tu jefecillo te da un par de azotes y te dice que me dejes hacer a mi albedrío- Ren borró la sonrisa en cuanto le dio la espalda al tipo y éste le seguía. Kumiko se arregló el traje a toda prisa, recogió los vasos y se marchó del asiento. Sabía que Takeo no iba a volver.
El empresario cruzó el umbral de una puerta siguiendo a Ren para acabar en un callejón de Kabukicho, uno algo sombrío en el que no había nadie ni había salida. Era un pequeño callejón que usaban como almacén -Eh ¿Qué es esto? He bebido pero no estoy lo bastante borracho como para creerme que el encargado va a venir a recibirme a un callejón que huele a...- el puñetazo le llegó de golpe, sin esperarlo. Takeo, con su rollizo cuerpo, se estampó contra la pared. Escupió sangre que se le acumuló en la boca -¿¡Eh!? ¿¡Qué cojones...!?- el muchacho se acercó y lo agarró del cuello
-Si te digo que no a algo, es que no- volvió a aporrearle -Si una chica te dice que no, es que no- volvió a golpearle -En esta ciudad, en este barrio, mandamos nosotros ¿Te enteras, gordito?- el siguiente puñetazo fue al estómago. Y le siguieron dos más. Takeo vomitó todo lo ingerido en el suelo, cayendo de rodillas
-P-Pero... ¡Pero...!-
-Creo que se te ha olvidado quién controla el distrito y estos negocios ¿No?-
-Espera... ¿Tú...? ¡No me jodas! ¡Si no aparentas...!- Ren se abrió ligeramente la camisa para mostrar el tatuaje en el hombro derecho
-Siempre dicen que las apariencias engañan- se agachó junto al apalizado Takeo -Vamos a arreglar las cosas como se deben arreglar ¿Qué te parece?-
-Por favor no me mates ¡Lo siento! ¡El alcohol se me ha subido a la cabeza! ¡Nunca le faltaría el respeto a la yakuza!-
-Craso error, viejo. No le faltes el respeto a la yakuza, ni a las mujeres, ni a los niños, ni a nadie en general ¿Qué te parece?-
-¡Sí, señor! ¡Perdóname!-
-Ahora vas a entrar ahí dentro y vas a pedirle perdón a Kumiko, de rodillas-
-¡Sí, señor! ¡Lo siento!
-Y vas a vaciar tu cartera en su mano-
-¡Sí, señor!- Ren acabó suspirando
-No eres más que un viejo patético sin nada en la vida ¿eh?-
-Yo... yo...-
-¿Estás casado?-
-S-sí... mi mujer se llama...-
-No, no. Me da igual cómo se llame esa santa mujer- le palmeó la espalda -Sólo vuelve con ella y dedícate a tu hogar. Y confíesale que eres un puto cerdo ¿Eh?- sonrió -Y si te abandona, que ojalá lo haga viendo la clase de hombre que eres, no quiero verte por aquí lloriqueándole a las chicas ¿Está claro? Si apareces otra vez por aquí, espero que sólo sea para pasar el rato e irte en paz ¿Qué te parece?-
-S-sí... lo-lo siento...- Ren lo ayudó a ponerse en pie y lo acompañó adentro de nuevo, donde le ofreció un pañuelito para limpiarse la sangre de los labios. Observó de brazos cruzados cómo se disculpaba Takeo con Kumiko y le pagaba todo el dinero que llevaba encima por compensación. La chica quiso negarse a aceptar tanto dinero pero Ren la convenció con un asentimiento de cabeza. Finalmente Takeo se marchó hacia la puerta
-¡Vuelve otro día!- se despidió sonriente el muchacho
-Ren-kun... no era necesario que...- la chica le agarró la manga de la chaqueta
-Siempre es necesario- suspiró el joven -Cuando vienen creyéndose los reyes del mambo hay que bajarles los humos. No deben olvidar quiénes somos y por qué somos los dueños de este lugar. La yakuza tiene un nombre que mantener, un honor que preservar. Y si es necesario, lo lavaremos con sangre- la chica no sabía qué decir -Anda, vete por hoy si quieres-
-¡No! Es mi trabajo. Debo cumplirlo-
-En ese caso sonríe, mujer. Tómate algo, descansa un poco y vuelve a lo tuyo- sonrió. Ella le devolvió la sonrisa y asintió animada
-Muchas gracias por la asistencia Ren-kun- Ren le devolvió ligeramente la inclinación de cabeza y la chica se marchó. El joven salió al exterior, a la calle del aclamado Kabukicho. Se encendió un cigarro y exhaló el humo con desasosiego. Otra larga noche más, a la espera de que algo pueda ocurrir... a veces, algunas veces, se imaginaba viviendo otra clase de vida.
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