Rose salió de aquel lugar a toda prisa seguida de Ren por los pasillos. El corazón le iba a mil por hora. Desde el día anterior habían pasado tantas cosas, se había visto implicada en tantos problemas, que sentía un dolor en el pecho constante. ¿Y ahora qué? El joven la acompañó hasta la habitación en la que había dormido la noche anterior, pero se quedó fuera. Ella solo tuvo que entrar, quitarse el kimono y volver a ponerse su ropa, aquella destrozada. No pudo hacer otra cosa que volver a ponerse la chaqueta del joven, de ahí a que saliese con la cabeza cabizbaja -¿Te importa?- él negó con la cabeza. No pasaba nada. La llevaría a su casa.
Rose y Ren entraron en el coche de este último. Por comodidad, ella volvió a sentarse detrás. No deseaba más contactos después del que había tenido con Sakura. Por suerte, éste no fue doloroso. Era una mujer de mente constantemente abierta, libre. Aun así, lo que vio en ella no le gustó demasiado. ¿Por qué era tan...? Sus pensamientos se vieron interrumpidos cuando Ren se disculpó por todo lo que había sucedido. La chica no pudo decir nada. No es que le culpase a él directamente ni mucho menos, pero no podía evitar meter a todos aquellos mafiosos en un mismo saco. El hombre imaginaba que debían haber sido unos días duros para ella. Sabía perfectamente que no era plato del agrado de ningún civil tener nada que ver con ellos. Otra vez, Rose no supo que contestar. ¿Que podía decir? Simplemente, suspiró. Dado que no hablaba, el joven se preguntó si la estaba entendiendo, con aquel inglés tan mal trabajado y torpe -Sí, sí... se hablar algo de japonés. Mas hablar que escribir- respondió en el idioma de él. -A veces entiendo bien, si el vocabulario es fácil- añadió. Ren soltó un bufido y después una risa, pensando que le había obligado a hablar en inglés para nada -Lo siento, es que... estaba algo asustada- ¿Y seguía asustada? -Sí- respondió. ¿Para qué mentir? Tragó saliva. Observó como los hombros de Ren se relajaban mientras conducía. No parecía... malo. La miró por el retrovisor, curioso de saber de donde era realmente -Nueva York. Vine hace dos años- El hombre recordó que, tal y como se dijo, la deuda que ella había contraído era de hacía dos años y a cambio de un visado -De permanencia. Pero... pero no soy asesina en serie ni nada de eso- se adelantó a decir, sudorosa. De hecho... era algo parecido, pero él no debía saberlo. -Huí de mi marido. Me... ¿Como se dice aquí? Me daba golpes, me pegaba, era violento- explicó. Quizás Ren sintió lástima, puesto que volvió a disculparse si su situación no había mejorado tras huir. Debía ser duro -Lo es- Tras eso, explicó que seguramente el Oyabun, como así llamaban al jefe, querría nuevamente sus servicios -¿De verdad vais a perdonarme la deuda sirviendo té y sake?- la incredulidad con la que preguntó, hizo gracia al hombre, que asintió -Sin sexo- No -Sin nada más que acompañaros- Exacto. Rose se recostó sobre el asiento, más cómodamente -¿Y seguiré... estando en peligro?- En absoluto. Y mucho menos si el Oyabun le pedía estar a su lado -Pero esa mujer... habló de una guerra- al mencionar aquello, el coche se envolvió en un silencio aterrador. Ninguno de los dos dijo nada, ni tan si quiera se miraron por el retrovisor. Tras unos minutos, Ren le sugirió que lo mejor que podía hacer era tomar el trabajo y liquidar la deuda cuanto antes. Después, si no lo deseaba, se las arreglarían para que la relación laboral acabase ahí. Rose supo que aunque no estuviese de acuerdo en eso, no podía objetar. Una deuda era una deuda. -Vivo cerca de aquí- quiso saber donde -Mejor... déjame aquí- no hizo falta decir más para saber que Rose era desconfiada. Ren paró el coche donde pudo y bajó el primero para abrir la puerta de la chica. Hizo el intento de quitarse la chaqueta a pesar de todo, pero Ren se negó. Era mejor no pasar frío y estar casi desnuda en el camino hasta la puerta. Se la devolvería la próxima vez, cuando la llamase. Por eso, preguntó por su numero. -Mi número... yo...- se palpó la ropa. Nada. -He... he debido perder el bolso. Mierda... llevaba todo el dinero ahí- Fue impresionante la forma en la que Ren rebuscó en su bolsillo para tomar su cartera, sin dudar -¡No! ¡No! ¡No quiero tener mas deudas ni dinero vuestro, de verdad! Entiéndeme...- Al hombre volvió a hacerle gracia el apuro de la chica, y aun así, sacó 14.000 yens. Se los dio. No era de él. Era su paga por su trabajo. -Pero la deuda...- La deuda iba a parte. Necesitada de dinero, acabó por tomarlo y guardarlo en el bolsillo de la chaqueta. -No tengo móvil- Entonces se verían ahí mismo, en ese mismo sitio, al día siguiente a las 19:00. ¡¿Al día siguiente?! ¿Tan pronto? No pudo hacer otra cosa que asentir y... sin pensarselo dos veces, le sostuvo una mano. Ren se quedó extrañado, pero ella le miró sin tan siquiera pestañear. Y en él vio miedo, mucho miedo, cansancio y lástima. No le soltó la mano, necesitaba saber un poco más. Y entonces, lo encontró. Lástima. Ella le daba lástima. Cuando lo supo, le soltó. -Lo... lo siento. Perdóname. Estoy cansada, quiero irme ya- Él asintió -Hasta mañana entonces...- tras hacerle un gesto con la mano, desapareció de aquella esquina.
Cuando llegó a casa, un sin fin de sentimientos y miedos se desplomaron sobre ella. En la oscuridad de su pequeño salón, se desplomó. La habían secuestrado, casi violado, llevado contra su voluntad a varios sitios y ahora trabajaba para la yakuza. Para colmo, los efectos secundarios de entrar en una mente cerrada empezaban a aparecer. Ese dolor de cabeza tan incesante... Se arrastró hacia el baño como pudo para desmaquillarse y refrescarse la cara. Cuando se miró al espejo, encontró un rostro demacrado y lleno de golpes, temeroso, perdido... ¿En qué demonios se estaba convirtiendo?
Era muy temprano cuando la puerta del pequeño piso de Rose fue golpeada desde el otro lado. O eso, o una vez más había dormido demasiado. Se frotó un ojo, extrañada. ¿Quien demonios golpeaba la puerta con tanta insistencia? No podía ser que... Rápidamente, salio del futón. Ignorando que vestía un pijama de conejitos blancos, corrió hacia la puerta y al observar por la mirilla, suspiró de alivio. Luego, abrió la puerta. -Taro sensei-
-¡Rose! ¡¿Donde estabas?! ¿Qué... qué te ha pasado?- preguntó al observar su rostro decorado con algunos moratones -¿Qué es eso?-
-Es... es una larga historia-
-Estuve llamándote todo el día. Me quedé preocupado por tu situación cuando me fui el otro día-
-Lo siento, es que perdí el móvil y...-
-La verdad, Rose. Sabes que puedes contármela. Te he ayudado desde que llegaste a este país- Rose lo sabía, era consciente de ello.
-Akio...- le llamó por primera vez por su nombre -Tú conoces bien como trabaja la yakuza... ¿No?- aquella pregunta dejó helado al hombre, quien pasó cuando la chica se lo permitió. De alguna forma, tenía que contarle su historia.
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