Los cuidados y artísticos kanjis empezaban a mezclarse ante la vista de la chica, quien descansaba su barbilla en el largo de su brazo. Las palabras de su acompañante, que cruzaba los idiomas, comenzaban a oirse huecas en su cabeza. Estaba cansada, tenía sueño, tenía...
-¿Me estás prestando atención?- la cortante pregunta del profesor, hizo que la chica abriese rápidamente los ojos y se irguiese al momento.
-¡Gomene!-
-Ya se que sabes disculparte. Te estaba explicando como se componen los kanjis de las palabras referidas a sentimientos, y eso dudo que lo sepas-
-Tiene razón-
-¿Y si la tengo por que no estabas prestando atención? Necesitas esto, Rose-
-Lo sé, lo sé...- dijo la chica con cierto resentimiento. Tenía la mirada perdida.
-¿Va todo bien? ¿Necesitas algo que no seas unas clases de japones particulares?-
-Todo bien, Taro sensei. De verdad- sonrió la chica, intentando sonar lo más convincente posible. Lo cierto es que no se encontraba bien, pero no era algo de lo que su profesor, Taro Akio, debiera preocuparse. Ya se sentía mal por robarle parte de su tiempo libre semanal en unas clases de japones que empezaban a ser demasiado improductivas, además de mal pagadas.
-Está bien. ¿Prefieres que demos por terminada la clase?- Rose asintió -Procura descansar, te ves pálida. Cuando lo hayas hecho, estudia. No quisiera hablarle a la pared el próximo día.
-Claro- la chica se puso en pie, alejándose del calor de la estufa que tanto ella como Akio habían estado compartiendo toda la tarde. Después de eso, se inclinó como señal de respeto y gratitud. Poco a poco, empezaba a reflejar de forma inconsciente los modales japoneses.
-No tienes por qué ser así conmigo-
-Le tengo respeto, sensei. Le debo toda la ayuda que me está dando-
-Pero se mas cultura americana que tú de japonesa. Estoy más que integrado en tu costumbre-
-Pero usted es japones y estamos en Tokio. Me ceñiré a como son aquí las cosas, no solo al idioma. Lo necesito- la chica volvió a inclinarse, lo que provocó que Akio se rascase la nuca. Tomó su pulcro maletín de cuero y se dirigió hacia la puerta del piso, donde se calzó los zapatos, unos con pinta de ser muy caros.
-¿Trabajas hoy?- Rose asintió -No te sobreesfuerces. Recuerda llamarme si lo necesitas- La chica se mordió el interior de la mejilla. ¿Tan necesitada de ayuda se la veía? Akio abrió la puerta. El día estaba nuboso, tanto, que se podía predecir que quizá aquella noche caería la primera nevada del año. Tras dirigir una mirada al cielo, los ojos rasgados del hombre se dirigieron por última vez a la chica, a sus manos. -Me dirás alguna vez al menos por que eres tan friolera ¿No?- bromeó. Rose escondió con disimulo sus manos enguantadas a sus espaldas.
-Sí, sí... el día en el que sepa formular una frase entera y después escribirla- fingió seguirle el juego. -Adios, sensei- se despidió con la mano. El hombre hizo lo mismo y se marchó. Rose cerró la puerta justo después de que lo hiciera y se echó al suelo. Se sentó con las rodillas recogidas entre sus brazos. Al dirigir una mirada al piso, sintió vergüenza de invitar tantas veces a un profesor a un cuchitril apenas sin amueblar y despintado. ¿Por qué tenía siempre... tan mala suerte?
Cuando la noche cayó, Rose se vistió con uno de sus tantos uniformes temporales. Sus trabajos, inestables, le causaban ante todo una incertidumbre total. Salir a la calle con un vestido azul corto le provocó frío, pero no era nada comparado con la desgana de ir a trabajar. La chica vivía en los límites del barrio de Adachi. Como cada vez que le tocaba una jornada, tomaba el metro hasta Shijuku, pues trabaja para el Comic Café, captando clientes y repartiendo panfletos de propaganda al son de un sonoro ¡Shite Kudasai Sugoshimasu! Lo que le tomaba unos treinta minutos desesperantes en metro, el cual consumía gran parte de su penoso salario. Cuando llegó y saludó lo más animada que pudo a sus compañeros del Café, estos, con desgana, le dieron los panfletos a repartir y un megáfono para hacer la propaganda. Aquella noche, Shibuya estaba especialmente bulliciosa.
Conforme pasaban las horas, más cansada se encontraba la chica. Se sonrojó numerosas veces al comprobar que, conforme pregonaba, su estómago crujía como una tormenta. No lo podía evitar y muchísimo menos ocultar. Con las manos aún ocultas dentro de dos guantes calificados por la juventud como monos, terminó su labor a altas horas de la noche, por la que recibió una paga de apenas 2.000 yens. No era suficiente. No lo era.
Estaba derrotada, abatida, mientras a sus espaldas echaban el cierre al Café. No iba a poder pagar su deuda... jamás.
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