-¡No me toques!- fue lo único que Rose alcanzó a decir entre temblores. Estaba más que dispuesta a pasar toda la noche allí sola si con ello conseguía no tener contacto físico con nadie más. Ante aquel grito, Ren, el joven que pretendía ayudarla, se apartó un poco. Aquel gesto alivió gran parte del miedo que la chica albergaba. ¿Decía la verdad? ¿Iba a ayudarla? ¿Acabaría peor si no le hacía caso? Tan perdida como estaba, decidió ponerse en pie ella sola. Se tapó sus vergüenzas como pudo. El uniforme estaba hecho jirones y era consciente de ello. Tanto como debió estarlo aquel hombre, que tras quitarse su chaqueta, se la colocó por los hombros a la chica evitando al máximo cualquier contacto -Gra... Arigato gozaimasu- tartamudeó, echa un lío con la mezcla de idiomas. -¿Que... que ha pasado?- el joven, a juzgar por la tonalidad de su voz, aseguró que se lo explicaría más tarde, en un lugar más seguro si ella podía andar por sí misma -Sí, si puedo- El hombre asintió y la instó a salir de aquel lugar endiablado. No pasó por alto que se fijó en el cadaver de su captor y luego la miró a ella, incrédulo. Rose decidió ignorarle. Que de ella fuese la culpa... quizás fuese lo último que creería.
Al salir, la chica se vio reflejada en el resto de mujeres, que, tal y como ella, empezaron a sacar del edificio. Todos los supuestos salvadores, eran hombres bien vestidos, aparentemente preocupados y bien organizados. Eso a Rose le extrañó muchísimo. En su cabeza, las posibilidades comenzaron a enredarse y algunos recuerdos dieron el broche final a la sarta de conclusiones. ¿Acaso eran de la Yakuza? Saltaba a la vista que sus captores lo eran. Rose alcanzó a ver sus tatuajes por encima de sus ropajes, sobretodo en aquel a quien había acabado de asesinar. Pero ¿Por qué ellos también lo serían? ¿Eran bandas divididas? Aun había cosas sobre las costumbres de Japón que no entendía. Y ciertamente, tampoco era de su agrado entender.
Tras salir del lugar, aquellos hombres condujeron a las víctimas sollozantes hacia los coches. Era de observar la forma fácil en las que ellas se dejaban hacer sin pensar si podía tratarse de otra trampa. Rose supuso que aquella era la definición de agarrarse un clavo ardiendo. El hombre que acompañaba a la chica, abrió la puerta para que entrase, pero ella no actuó como las demás -¿A donde nos lleváis?- quiso saber. Con calma, el joven respondió que a las oficinas donde ellos trabajaban -¿Para qué?- Querían saber qué había ocurrido y de que forma -Si estáis aquí es que lo sabéis ¿No?- Ellos sí, pero el jefe no. El jefe. Aquellas palabras resonaron en la cabeza de Rose, que no pudo hacer otra cosa que entrar a los asientos traseros del coche, justo al lado de otra chica de edad similar a la suya que no dejaba de llorar. El hombre cerró la puerta cuando se sentó, para hacer lo mismo pero en los asientos delanteros. Rose vio como las observó desde el retrovisor y pensó que estaban ocurriendo demasiadas cosas aquella noche.
-Mi okasan... no sabe... no sabe donde estoy- sollozó la chica de su lado. -Qué vergüenza- sorbió por la nariz -Quiero ir a casa... quiero volver a casa...- aquellas palabras amedrantaron en corazón de Rose, quien tambien deseaba volver a casa, pero desde hacía ya muchos años.
-Tranquila...- le dijo, incapaz de saber qué más se debía decir para consolar a alguien.
-¡Ese hombre...! ¡Ese hombre me ha obligado a que...!- El cuello de la muchacha estaba lleno de moratones. Su ropa estaba tan destrozada como la de Rose y ambas temblaban por igual. Sin embargo, algo parecía decir que su suerte había sido aun peor.
-Ya... ya pasó- fingió seguridad en aquellas palabras. Y lo que consiguió fue que la chica se le arrojase a los brazos para llorar. Rose tuvo que dar gracias a los cielos de que estuviese cubierta por la chaqueta del hombre, pues la ropa evitó que ambas entrasen en contacto físico. No solo estaba desganada, hambrienta, temerosa y dolida. Si encima llegaba a ver en esa chica... no lo podría soportar. -Vas a volver a casa...- volvió a mirar al retrovisor. Él las estaba mirando. Era inquietante.
El coche se detuvo después de un corto viaje, que a Rose se le hizo larguísimo. La chica que lloraba parecía tener una habilidad gigante de autoconsuelo o algo parecido, pues no paró de charlar con la mujer durante todo el trayecto. Resultaba llamarse Minagawa Hanabi, viví sola con su madre, tenía un perro y trabajaba en una tienda de moda joven en Shinjuku. Por supuesto, aquellos no fueron datos que Rose pidió. De hecho, Rose no habló apenas. Fue Hanabi quien, en mitad de su miedo, no pudo dejar de hablar y explicar cosas sobre su vida y sus miedos. Parecía que incluso a aquellos hombres empezó a cansarles. Quizá dieron gracias de llegar pronto al destino, pues abrieron las puertas con rapidez y a todas las chicas las instaron de forma tranquila a salir.
Cuando Rose salió del coche, refugiada en aquella chaqueta oscura, se encontró en un sitio que desconocía por completo, lo cual era fácil dado que apenas conocía Tokio. Justo frente a ella, se encontraba una casa, parecida a un apartamento grande. La fachada estaba cuidada y parecía cara. Dios ¿En qué demonios se estaba metiendo? Hanabi tomó de un brazo a Rose, temerosa, pero segura tras la que consideraba su nueva amiga. Justo entonces, Rose sintió de nuevo aquel punzante dolor. Era la peor parte. Era horrible. Como cuando un músculo se enfría. Como la calma después de la tormenta. Como lo peor después de lo malo. La cabeza parecía que iba a explotarle junto con el dolor que ya sentía de los golpes que le habían propinado. Sintió que todas sus heridas volvían a sangrar, sintió presión. Y hambre. Y debilidad. -Ay...ayudame- le susurró a Hanabi, porque ya sabía lo que tocaba ahora. Todo quedó oscuro cuando se volvió a desmayar a meced de aquellos Yakuza.
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