Las noches solían ser iguales. Oscuras en el cielo, opacadas las estrellas por la contaminación lumínica del contraste incandescente de la ciudad, sobre todo por la gran ciudad y la luminosa Kabukicho. Las calles estaban repletas de ruido. Grupos de hombres y mujeres por igual deambulaban entre conversaciones y risas. Algunos de esos hombres eran respetables trabajadores que buscaban descansar de su jornada laboral mientras otros eran borrachos y juerguistas cualesquiera que se divertían con el simple hecho de desnudar mentalmente a cada dama que veían. No era de extrañar. No era nada raro ni exótico. Así era cada noche, cada maldita noche. El cigarro de Ren se había acabado hacía ya un buen rato, pero se mantenía en una esquina en la entrada del local, apartado. El teléfono móvil le vibró de forma insistente hasta que por fin lo sacó del bolsillo. Le estaba llamando su hermano de juramento Koji -Dime Koji- contestó por fin tras mirar vagamente la pantalla del teléfono. Se imaginaba lo que le iba a decir
-¡Ren! ¿Estás bien?-
-¿Por qué no iba a estarlo?-
-Esos hijos de puta de los Endo están por aquí-
-¿Estás seguro de lo que dices?- se irguió, apartándose de la pared
-Y tanto. Esos cretinos son tan vanidosos que ni siquiera se ocultan. Alguno de los chicos han visto un par de furgonetas con el emblema de la familia en el costado. Se dirigen hacia Kabukicho-
-No tienen ni idea de dónde se están metiendo-
-No te juegues el cuello ¿Quieres? No quiero que te pase nada- Koji sonaba preocupado
-Si no me juego el cuello ¿Para qué formo parte de todo esto?- sonrió Ren
-No te lo juegues al menos si no merece la pena. Tu vida es importante, aniki-
-Te lo prometo- suspiró -Ahora he de colgar. Avisaré a todos los chicos de por aquí. Que tengan cuidado- colgó y automáticamente se dirigió al interior del establecimiento, dirección a la oficina donde estaba el regente. Allí, el teléfono fijo estaba conectado con todos los establecimientos que pertenecían o estaban dirigidos por la familia a tan solo pulsar una tecla. Uno por uno, comenzó a llamar con urgencia a cada hermano jurado.
Mientras tanto, en el interior de una de las furgonetas, Genji se preparaba limpiando la hoja de un tantô de empuñadura blanca como la nieve. La hoja perfectamente afilada tenía grabados dibujos de dragones y carpas enredados entre sí -No quiero fallos- dijo, concentrado en el brillante filo, que reflejaba a cada pocos metros la luz de las farolas que se filtraban por las ventanas -Estad en contacto con los demás. Quiero cadáveres, pero también confusión. Y si veis chicas y hombres jóvenes, dadles un golpe y metedlos dentro. Necesitamos dinero- sonrió. El resto de sus subordinados asintieron con lealtad y se comunicaron con otras dos furgonetas que los seguían por calles distintas. No tardaron en llegar a Kabukicho, rodeando el barrio por distintas calles. La señal la dio Genji, el primero en bajar de la furgoneta, cuando agarró a un hombre cualquiera que pasaba por la calle y le clavó el tantô tan profundamente en el cuello como le fue posible, mientras gritaba -¡Hora de ajustar cuentas, hijos de puta! ¡Kabukicho es nuestro!- vociferó, llamando intencionadamente la atención de cada persona presnete. Los gritos no tardaron en elevarse y las piernas en echar a correr. El caos creció en cuestión de segundos. Los subordinados de Genji se desplegaron por las calles armados con puñales, varas y alguno que otro con una pistola, disparando al cielo para causar más confusión. Al tener rodeado el barrio, la gente no sabía hacia dónde ir, ni qué hacer. Aquello contribuía al plan del heredero de los Serizawa, pues dificultaría enormemente a los yakuza de la familia Shin el encontrarles. Y efectivamente, así fue. Ren salió del local a toda prisa, seguido por dos compañeros, de la misma forma que cada encargado o guardián de los Shin salían a las calles en busca de aquellos que estaban alterando el orden y los beneficios de la noche, pero todo cuanto encontraban era gentío agolpándose, huyendo de un lado a otro, mientras se oían restallidos de disparos provenir de diversos lugares del barrio luminescente. Algunos de esos disparos rompían farolas o carteles luminosos de diversos locales, mientras que otros de los seguidores de Genji agarraban a algunas mujeres y hombres jóvenes, les golpeaban con fuerza y los metían en una de las furgonetas. En mitad de todo ese revuelo, se encontraba Rose. La chica, con el corazón encogido, estaba en mitad de la marabunta. Sabía que era estúpido estar ahí, encerrados como ratas. Debía salir, de alguna forma podía salir. Había estado en esa zona trabajando el tiempo suficiente para saber que los edificios, en su mayoría, estaban separados por pequeños callejones que constituían pequeños caminos. Por lo general, muchas veces estaban llenos de matones, ladrones, asaltantes o incluso violadores. En ocasiones se llevaban a cabo transacciones ilegales o ajustes de cuentas, pero en esos momentos no había lugar para el miedo. Empujando nerviosamente a la gente, la chica consiguió colarse en uno de los callejones. Desafortunadamente para ella, no era la única a la que se le había ocurrido la idea
-¡Eh, tú!- llamó la voz de un joven con una chaqueta de piel oscura -¿Qué haces? ¿A dónde vas?- viéndose completamente sola en aquellos callejones interconectados y oyendo aún el griterio, la chica se asustó ¿Y si era uno de los malos? Su primer instinto fue correr -¡Espera!- la llamó, echando el muchacho a correr tras ella. Los callejones sin embargo eran más oscuros y no era difícil perderse en esos laberintos estrechos. Oyó las pasos de la chica alejarse cada vez más -¡Espera! ¡Sólo quiero hablar!- Rose podía oirle cada vez más lejos. Optó por esconderse tras un contenedor de basura, con una mano en el pecho, suplicando, rezando a lo que pudiera oirle, que la dejara en paz, que no la obligase a hacer algo que no quería hacer. Afortunadamente para ella, los pasos del joven pasaron de largo, siguiendo otro callejón. Suspirando de alivio parcial, Rose echó a correr en la dirección opuesta, llegando por fin a la salida de Kabukicho. Ya podía ver al final del callejón los edificios de Shinjuku, los coches pasando a toda velocidad para huir de una zona donde no se dejaban de oir disparos ¿¡Dónde demonios estaba la policía!? Daba igual, no era momento para hacerse preguntas de esa índole. Y mucho menos lo fue cuando, al salir del callejón, se encontró de cara con un individuo alto, grande y vigoroso. El primer instito de Rose fue la necesidad de volver a correr, pero no le dio tiempo. Aquel tipo era enorme y poderoso en lo que físicamente se refería. La agarró con fuerza del cabello hasta hacerla gritar y le propinó un golpe tan fuerte en la cabeza con una porra de madera que el mundo se apagó en cuestión de segundos. El individuo la cargó sin dificultad sobre su hombro derecho y la llevó directamente hacia una de las furgonetas. Sin embargo, alguien había oido el grito. Ren, que llevaba rato buscando a la joven, se asomó casi sin aliento al salir del callejón para ver cómo ese tipo la metía dentro. Al haber identificado por fin el vehículo, echó a correr rodeando el barrio mientras hacía una llamada telefónica. Necesitaba a todos los hombres disponibles con un coche ¡Y rápido!
La confrontación en el barrio acabó medianamente rápido. Hubo varios muertos y heridos. Los asaltantes se montaron de vuelta en sus furgonetas una vez habían secuestrado a varios civiles, a la vez que habían asesinado a otros tantos y a cualquier yakuza que se había acercado. Genji sabía que el siguiente paso es que la policía acudiera al lugar de los hechos y las acusaciones del joven Serizawa sólo habrían hecho pensar que había sido una lucha de clanes. La familia Shin, que controlaba casi la totalidad de Tokyo, sería acosada de forma incesante por la policía debido a la cantidad de civiles desaparecidos y asesinados. Sonreía con sólo pensar lo difícil que tendrían el simple hecho de llevar sus negocios con la ley pisándoles los talones. Ahora simplemente la familia Endo debía de ir absorviéndoles poco a poco y lo demás, sería historia. Cada una de las furgonetas se dirigió aquella noche a un lugar distinto por si habían sido identificados. En el caso de Genji, regresaba a Nagano, donde residía la oficina del clan Serizawa de los Endo, otra de las furgonetas se dirigía a Shuzuka mientras que una tercera permanecería en Tokyo para despistar, hacia Chiyoda. Era esa última furgoneta que estaba siendo perseguida por un coche negro, en el que iba Ren acompañado por tres compañeros más. Siguieron a la furgoneta de forma incesante hasta que finalmente, en aquel mar de edificios altos, llegaron a una especie de almacén. La furgoneta entró en el garaje y lentamente cerraron la puerta tras su llegada. El coche de Ren se detuvo a varios metros para inspeccionar el lugar y no llamar la atención -¿Qué hacemos ahora?- preguntó uno de los compañeros de Ren
-Sois parte de la familia, sabéis lo que va a acarrear para nosotros lo que esos hijos de puta han hecho- gruñó Ren
-Sí... ¿Pero qué podemos hacer? ¿Entrar y matarlos a todos?-
-Matar no es mi forma de hacer las cosas- dijo Ren bajando del coche
-¿Entonces?- los demás le siguieron
-Vosotros haced lo que queráis. Tomad lo que os pueda servir de arma o... lo que consideréis útil. Partidles las piernas, los dientes, los brazos, pero no matéis a nadie. Ya hay mucha sospecha sobre nosotros-
-Sí, Ren-san- asintieron conformes
-Tenemos la ventaja de la sorpresa. Aprovechadla. Sed silenciosos- ordenó y se dispusieron a entrar.
En el interior, tras haber aparcado la furgoneta y haber bajado a los secuestrados, los llevaron a todos a unas habitaciones a parte que debieron ser oficinas en su día. En cada una de ellas metieron a un individuo concreto y en el caso de mujeres, uno de los yakuza se metía con ellas para, según decían, probar la mercancía. Rose llevaba unos cuantos minutos consciente, aturdida aún así, pero capaz de oir y ver lo que estaba pasando. Ella fue la última en ser arrastrada a una de esas oficinas, pudiendo oir los gritos de terror y los golpes que propinaban a las mujeres si intentaban defenderse de aquellas "polvos de prueba" para las futuras putas de la familia Endo. Cuando a Rose la metieron en la habitación, fue el mismo tipo gigantesco que la raptó el que se introdujo con ella en el cuarto -Quítate la ropa- dijo en un perfecto japonés que Rose no terminó de comprender -La ropa, fuera- volvió a decir al ver que la chica, con una herida en la frente sangrante, le miraba confusa y débil -¿Qué te pasa, zorra extranjera? ¿Es que no entiendes lo que te digo o qué?- Rose masculló como podía que no entendía bien el japonés -Ah, con que es eso. Mala suerte para ti- de la nada surgió un bofetón poderoso que arrojó a Rose contra la pared, de tan grande que era la mano de aquel yakuza. Aprovechando lo aturdida y confusa que la chica permaneció durante unos minutos, el hombre se echó sobre ella y comenzó a tratar de quitarle el vestido. Rose comprendió lo que iba a pasar si no se defendía de alguna manera -Me da igual si no entiendes mi idioma, vas a hacer lo que se te ordena. Las perras extranjeras como tú podéis ser una gran fuente de dinero- tiraba y tiraba del vestido hasta que finalmente las costuras comenzaron a rasgarse en la parte del pecho -Pero antes déjame ver esas tetas- reía -¡Tengo que catarlas!- Rose luchaba desesperada por zafarse de sus gigantescas manos.
Fuera, la puerta de entrada del almacén sonó con tres sonoros golpes -¿Quién va?- preguntó el guardia, a lo que nadie contestó. Volvieron a sonar los tres sonoros golpes -¿Quién va? Si no contesta nadie no abriré-
-Cartero comerciaaaaal- dijo Ren en voz animada
-No queremos correo. Lárgate-
-¡No hace falta ser grosero! Sólo hago mi trabajo-
-Escúchame bien, payaso- dijo el guardia abriendo la puerta -Si te tengo que volver a decir que no, te voy a...- un fuerte puñetazo directo a la garganta dejó al yakuza sin voz, ahogándose, cayendo al suelo entre estertores. Una vez derribado, Ren le aplicó presión en el cuello para deshacer el nudo ocasionado por el golpe y que no se asfixiara
-Vía libre- susurró a los suyos, que entraron con discreción. Pudieron observar el almacén desde dentro. No era difícil saber dónde estaban los cautivos. La zona de carga y descarga de material estaba prácticamente vacía, sólo se encontraba allí la furgoneta. Sin embargo, en el piso superior donde las oficinas, estaba lleno de movimiento -No son muchos, podremos ocuparnos de esto nosotros solos. Subid dos por allí- señaló la escalera del otro lado del almacén -Takatsu y yo subiremos por aquí. Vamos- tal como lo ordenó, así se hizo. Flanqueando a los enemigos por ambos lados, mientras estos se fumaban unos cigarros, no fue demasiado costoso reducirlos aplicándoles una llave en el cuello para dejarlos inconscientes. El problema ahora estaba en entrar en las oficinas, donde se podía oir claramente lo que estaban realizándole a las chicas. No se podría coger desprevenidos a esos tipos y nada aseguraba que estuvieran solos. Los lamentos de las jóvenes hacía hervir la sangre de Ren
-¿Estás seguro que no los quieres muertos?- peguntó Takatsu, crugiéndose los nudillos -Esta panda de hijos de puta lo merece-
-Pero no lo merece Oyabun, ni el resto de nuestros hermanos. Sacad a las chicas de aquí, y a los hombres- se dispersaron para ir a por los prisioneros mientras en la última oficina, la más lejana, Rose luchaba por su propia seguridad. El gigantón que la zarandeaba ya prácticamente la había desnudado al romperle el traje casi por completo. El roce de sus manos sobre sus pechos, sus caderas, su espalda, era repulsivo
-¡Deja de resistirte, maldita sea!- la volvió a abofetear y aquel golpe fue la gota que colmó el vaso. Rose se llevó las manos a la cabeza, le dolía. Desde el momento en que empezó a tocarla estaba viendo cosas terribles. Cosas que ese hombre había hecho, cosas que quería hacer. Cosas que le iba a hacer a ella. Era suficiente. La ansiedad se apoderó de la pobre chica. Gritó. Y con el grito, el hombre se detuvo. De pronto le sangró la nariz. Se pasó un dedo por la misma para ver el abundante chorro que ya empapaba sus labios -¿Pero... qué...?- ese dedo manchado de sangre de pronto se dobló con un crugido a una posición imposible. Gritó. Y mientras él gritaba, gritaba Rose. Ya no sólo fue la nariz, sino las orejas y los ojos comenzaron a sangrar en abundancia, emanando de aquel tipo, mientras el cuerpo del yakuza crugía sin cesar en diversas partes del cuerpo, hasta las piernas y los brazos, retorciéndose de formas macabras. Finalmente, el cuerpo del yakuza salió expelido contra una de las paredes, contra la que se prensó más y más, partiéndose cada hueso en pedazos y con su cerebro haciéndose una papilla sanguinolienta que le manaba por cada orificio de la cabeza. Finalmente cayó al suelo fulminado, como un muñeco de trapo. Rose rompió en llantos. Le dolía todo. Desde la cabeza hasta los propios ojos. Las manos, los brazos, las piernas... todo, era un infierno. Se abrazó a sí misma contra la pared. Quería volver a casa, a su pequeño piso de alquiler, lejos de todo ese mundo, lejos de toda esa basura. Le pitaban los oidos con desagrado, a un alto volumen. Casi no oyó la puerta abrirse y los pasos que se acercaban. Pudo, sin embargo, eludir una mano que se acercó a ella
-¡Eh, eh, eh, tranquila!- era Ren, era el chico del callejón -Tú... tú eres...- Rose se recogió más en sí misma. Estaba asustada, estaba débil. No podría volver a defenderse de aquella manera -No tengas miedo- se arrodilló ante ella -¿Puedes entenderme?- Rose entendió esa pregunta. Negó con la cabeza -¿Tu entiendes?- habló en inglés, torpemente -Yo poco inglés hablo. Tu calma. Tu relajar. Yo soy amigo. No daño- Rose le miró consternada ¿Era eso cierto? ¿Por qué perseguirla entonces? -Nombre es Ren. Yagami Ren. Ven con yo. Te llevo a casa- ambos se miraron a los ojos durante un largo instante ¿De verdad venía a ayudar...? ¿No era uno más...?
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