El olor del incienso llenaba por completo la estancia mientras, lentamente, Serizawa Tozen, Oyabun de la familia Endo, deslizaba con suma delicadeza las varillas de incienso de un lado a otro, extendiendo el aroma por la habitación, ante el increible altar que tenía levantado a los dioses del sintoimso. Allí, arrodillado y vestido con su hakama negro, rezaba en voz baja por su protección y su buenaventura, ante la atenta mirada de Amaterasu, madre de Emperadores, al igual que velaba por la bonanza a Ryujin, el dios dragón protector del mar, que en el altar, rodeaba a la sonriente estatua de la diosa. El hombre se quedó paralizado ante la belleza de su altar, dejando las varillas de incienso consumirse sobre un platito ceremonial bajo las figuras de las deidades. Veía las siluetas esconderse tras los hilos de humo de las varillas mientras sus ojos brillaban con ilusión, lleno de ideas para un futuro muy, muy cercano. Sabía, sin duda alguna, que el momento había llegado. Había soñado con ello durante una semana entera. Había visto al santo dragón. Había sido ungido por Ryujin. Le estaba esperando. Le esperaba el poder del mar y con ese poder, le esperaba también el trono de todo Japón, bajo la atenta mirada protectora de su madre, Amaterasu. Su íntimo ritual de rezo se vio interrumpido no obstante por el deber. La puerta corrediza al otro lado de la habitación se abrió para dar paso a Serizawa Genji, su nieto. Un muchacho joven, impulsivo, con tintes agresivos. Tozen sin embargo lo consideraba apasionado y lleno de vida. Lo veía como un joven dragón. La esperanza para el clan Serizawa y la familia Endo. Su nieto sería lo que su hijo no fue. La katana, la poderosa arma que apartaría los obstáculos -Abuelo, tenemos que hablar- dijo apresurado
-¿Qué es tan importante, mi buen nieto, como para interrumpir mis rezos?- preguntó sosegado, hipnotizado por el altar
-Todo está listo- sonrió Genji -Todo. Por fin hemos dispuesto a nuestros hombres por todas partes. Tenemos topos en Kabukicho. También hemos comprado al clan Taki, están de nuestra parte. Nos abrirán las puertas. Vamos a dar un duro golpe que no van a ver llegar- comentó entusiasmado
-Ah... mi joven Genji- rió el anciano, dándose la vuelta lentamente para mirar a su nieto con ojos amables -¿No lo verán llegar? Sí, lo verán... la familia Shin lo ve todo. Sobre todo el Oyabun Uchiwa. Tokyo es su hogar. Kabukicho es su patio, su cesped, su terreno de juego. Ya saben que estamos allí...- casi susurraba, lleno de paz
-No han mostrado estar alerta, sin embargo. Seguramente, abuelo, los sobrevaloras-
-Desprecia a tu enemigo, joven dragón, y serás aplastado por el simple barro que levantan sus pisadas en este terreno pantanoso en el que vivimos- reprendió con amabilidad
-Venga, abuelo- rió Genji -¿De verdad me estás diciendo que no debo entusiarmarme? Si alguno de esos cabrones aparece... ¡Y ojalá que aparezcan! Tendremos una gloriosa guerra que librar-
-Oh... la guerra llegará- se giró de nuevo lentamente para tomar una varilla de incienso -La guerra siempre llega- la alzó para ver cómo lentamente se consumía -La paz está vacía, es el estado innatural del hombre. No hay nada glamuroso, nada que brille, nada de valor en la paz- reflexionó, viendo el humo ascender ante la figura segura y egocéntrica de Genji -Pero el fuego que rápido arde rápido se apaga, nieto. No esperes que sea pronta la feroz contienda. Mantén envainada tu espada- ante esas palabras, el nieto Serizawa frunció el ceño
-¡Venga ya, viejo!- gruñó -Me gustan tus reflexiones de abuelo batallitas pero tampoco voy a permitir que eches abajo mi fantástico plan- torció una media sonrisa -No, ni de coña. Estoy hasta la polla de esos Shin. Especialmente de los Uchiwa. El viejo Saito ha dado más de un quebradero de cabeza a los nuestros a lo largo de estos años y se están llevando todas las mejores ganancias que este país puede ofrecer. Tokyo es un hervidero de dinero y lo quiero para mí ¡Si voy a ser el próximo Oyabun, necesito poder!- terció, haciendo reir a carcajadas a Tozen
-El poder que necesitas es el dinero, dices- volvió a reir -El poder que necesitas, Genji, es precisamente ese, poder. Y ese poder, sólo los espíritus y los dioses te lo otorgarán-
-No me vengas con mierdas- la paciencia del joven se acababa -No estoy ya de humor para hablar de estatuitas doradas y espíritus invisibles. Esas memeces no nos ayudarán a destruir a los Shin, que...- ante la impertinencia de Genji, Tozen se puso en pie, desenvainó una wakizashi que llevaba en el cinto cual samurai y se acercó a su nieto. Le colocó la hoja en el vientre, precisamente en el ombligo y lo miró a los ojos
-Insultar a los dioses es insultarme, insolente, pues soy su descendiente. Y aunque seas mi nieto no toleraré insubordinación alguna. Si tan convencido estás de lo estúpida que resulta mi creencia en nuestros señores celestiales, no me sirves de nada. Si vas a seguir faltándome el respeto, agarra ahora mismo este arma y saca tus tripas, desparrámalas ante mí, muestra tu convicción en tus creencias- Tozen era mayor, pero toda su vida había sido un yakuza y lo llevaba en la mirada. La convicción, la dureza, su espíritu guerrero del más puro acero. Genji se estremeció al dejar de ver a su abuelo como un amable señor que reza a los dioses para verlo de nuevo en los pantalones de un tenaz y furioso Oyabun de la familia Endo. El joven se arrodilló velozmente y agachó la cabeza hasta tocar el suelo con la frente
-¡Discúlpame, Oyabun!- dijo velozmente -Mis más sinceras disculpas. No pretendía ofenderte. Merezco cualquier castigo que me imponga-
-Levántate- dijo finalmente Tozen, envainando la wakizashi, una katana corta -Sólo no vuelvas a ofender a los dioses. Ellos cuidan de ti. Si tu plan sale bien será gracias a ellos-
-Sí- dijo Genji -Así será-
-No te lo diré de nuevo, Genji. Los Shin estarán pendientes a tus movimientos, así que ten cuidado. Que todos los hombres vayan preparados y... no os preocupéis si dejáis cadáveres-
-No escatimaremos en esfuerzos, señor-
-De hecho...- se rascó la barbilla Tozen -Cread el mayor caos posible-
-¿Planeas algo?- alzó la mirada el muchacho
-Queremos declararles nuestras intenciones. Queremos causar confusión y daño moral... pero atraer a la policía hasta su puerta tampoco estará de más. Quiero armas de fuego. Disparad. Que el cielo se llene de acero y también algunos cuerpos. Sobre todo de inocentes- Genji sonrió -Civiles muertos será algo que la policía no podrá dejar de lado. No dejéis rastro de que hemos sido nosotros- ordenó -Si eso ocurriera, Genji...- la mirada fue advertencia suficiente
-Sí, Oyabun- se puso en pie y se inclinó ante su abuelo y jefe para luego marcharse a ultimar los preparativos. Tozen bufó, relajó su rostro y volvió a arrodillarse ante el altar a los dioses, a los que continuó rezando.
-¡Sea bienvenido a la Geisha Melocotón!- dijo la dulce voz de una anfitriona, una chica hermosa, de piel cuidada y casi profesionalmente maquillada. Era joven, muy, muy joven. Apenas debía de haber alcanzado la mayoría de edad y, aunque no iba vestida como una prostituta, dejaba ver un pronunciado escote por el que asomaban redondos sus pechos de piel lechosa como porcelana en un traje corto que poco o nada faltaba para revelar los encantos de su trasero. Al recién llegado empresario que había entrado al local casi se le cayeron los dientes de la mandíbula al verla -Me llamo Kumiko ¿Me permitiría ser hoy su anfitriona? Le serviré toda bebida que usted desee, caballero ¡Hasta le daré un masaje si está usted cansado de su arduo día de trabajo!-
-¡Ah, Kumiko-chan! Ya me has alegrado el día con sólo verte ¡Por favor, ven a sentarte conmigo!- dijo el empresario, de aspecto algo sudoroso y desagradable, regordete y con una calva incipiente. A pesar de ser desagradable en muchos aspectos, la chica se mantenía firme en sus convicciones de ser la anfitriona perfecta y lo guió hasta una mesa libre. La Geisha Melocotón no era un local muy grande, pero se estaba convirtiendo en toda una joya de Kabukicho en los últimos meses desde que el local se rehabilitó. Muchos de los que iban sabían que era un local bajo el amparo de la yakuza ¿Pero qué más daba? Nadie les molestaba y las chicas eran, precisamente, dulces y tersas como melocotoncitos. El encargado del local no era otro que Shimada Hideo, un hombre afable y bobalicón, pacífico y temeroso de la violencia. Muchos se tomaban ciertas libertades sabiendo que semejante encargado no se pondría a proteger a las chicas y aquel empresario, Takeo, tenía ganas de marcha. La chica le sirvió elegantemente un combinado que olía de maravilla a pesar de estar cargado de alcohol, aunque Takeo tenía otros planes a posteriori. Tras la ingesta de tres copas similares, algo acalorado, miró decidido a la chica -Oye Kumiko-chan ¿Qué tal un masaje?- movió la cabeza de un lado a otro -Me duele toooooodo el cuerpo-
-¡Claro que sí, todo por nuestros clientes!- rió juguetona la chica, que fue a rodear el asiento
-¡No, no, no, no! Mejor aquí, delante ¿Quieres? Así puedo ver lo hermosa que eres- Kumiko lo entendió al instante. Contuvo con mucho esfuerzo un suspiro pesado y mantuvo la sonrisa. Se colocó ante el hombre, esperando a que éste abriera las piernas para ella colocarse ante él, pero no lo hizo -Perdona que no separe las piernas pero esque me duelen una barbaridad ¿Podrías colocarte tú?- Kumiko tuvo que separar las suyas con suma dificultad, debido a lo corto que era el traje que se había puesto. Era un gran esfuerzo colocarse casi sobre el regazo del hombre sin que se le subiera aún más. Además, Takeo era bajito, por lo que debía inclinarse. Sus pechos quedaban perfectamente colgantes a la altura de los ávidos ojos del empresario, que baboseaba constantemente mientras las frágiles manos de la chica masajeaban sus hombros -Ah... Kumiko-chan... Kumiko-chan...-
-¿Es agradable, señor cliente?- dijo ella con dulzura -¿Le gusta así?-
-Oh, sí... cómo me gusta así...- decía mientras dejaba de lado su atención del masaje y sólo se fijaba en los pechos bamboleantes de la joven -¡Cómo me gusta así...!- la agarró de la cintura y la obligó a caer sobre su regazo, introduciendo de lleno el rostro en su escote, lamiéndolo con pasión
-¡Ah! ¡Por favor, deténgase! ¡No!- gritó la chica, que forcejeaba y trataba de apartarse del aferrado empresario, que mientras saboreaba sus encantos apretaba con lujuria sus nalgas de un vestido que cada vez se le subía más y más -¡Por favor, pare! ¡Pare!- no sabía qué hacer. La música, el ruido, las risas, las conversaciones. Pocos o ninguno parecía reparar en lo que estaba ocurriendo en aquel asiento, hasta que una voz carraspeó junto al hombre
-Disculpe, caballero- dijo una voz amable
-¡Ren-kun!- al oir el nombre de la voz de la chica, el empresario se apartó de los pechos de la chica y le soltó el trasero
-¿Quién eres? ¿Qué quieres?- Ren Yagami, un joven de 32 años que pertenecía al clan Uchiwa. Era un acogido y apadrinado por Uchiwa Saito, el patriarcha del clan Uchiwa y Oyabun de la familia Shin, aunque eso Takeo no podía imaginárselo. El empresario sólo veía a un muchacho joven, atractivo, con una sonrisa encantadora, que le estaba impidiendo disfrutar de la noche
-Me llamo Yagami Ren y quisiera pedirle, si es tan amable, que deje en paz a la chica. Tenemos una muy estricta política de no tocar en este local y en otros muchos-
-Eh, escucha, mocoso- se apartó a Kumiko de encima y se puso en pie -Yo aquí soy el cliente- señaló el local -Y el cliente manda ¿Te enteras? Es mi dinero, mi jodido dinero, el que gano con mi esfuerzo y labor diaria, el que mantiene antros como este ¿Me ofrecéis alcohol? Lo bebo ¿Me ofrecéis chicas? Las toco y me las como si quiero- soltó una carcajada -Así funcionan las cosas, chico-
-No funcionan así, me temo- sonrió de nuevo Ren -Si me acompaña un instante, podemos arreglar este malentendido-
-¿Acompañarte, a dónde?-
-A ver al encargado. Será un momento. Si usted tiene razón, el encargado me lo aclarará en seguida y podrá volver a disfrutar de la dulce carne de la chica-
-Me importa una mierda el encargado. Pienso disfrutar de Kumiko diga lo que diga-
-Tal vez le interese saber de que serán a gastos pagados si soy yo el equivocado con el trato al cliente-
-Oh, en ese caso sí- rió -Vamos. Verás como tu jefecillo te da un par de azotes y te dice que me dejes hacer a mi albedrío- Ren borró la sonrisa en cuanto le dio la espalda al tipo y éste le seguía. Kumiko se arregló el traje a toda prisa, recogió los vasos y se marchó del asiento. Sabía que Takeo no iba a volver.
El empresario cruzó el umbral de una puerta siguiendo a Ren para acabar en un callejón de Kabukicho, uno algo sombrío en el que no había nadie ni había salida. Era un pequeño callejón que usaban como almacén -Eh ¿Qué es esto? He bebido pero no estoy lo bastante borracho como para creerme que el encargado va a venir a recibirme a un callejón que huele a...- el puñetazo le llegó de golpe, sin esperarlo. Takeo, con su rollizo cuerpo, se estampó contra la pared. Escupió sangre que se le acumuló en la boca -¿¡Eh!? ¿¡Qué cojones...!?- el muchacho se acercó y lo agarró del cuello
-Si te digo que no a algo, es que no- volvió a aporrearle -Si una chica te dice que no, es que no- volvió a golpearle -En esta ciudad, en este barrio, mandamos nosotros ¿Te enteras, gordito?- el siguiente puñetazo fue al estómago. Y le siguieron dos más. Takeo vomitó todo lo ingerido en el suelo, cayendo de rodillas
-P-Pero... ¡Pero...!-
-Creo que se te ha olvidado quién controla el distrito y estos negocios ¿No?-
-Espera... ¿Tú...? ¡No me jodas! ¡Si no aparentas...!- Ren se abrió ligeramente la camisa para mostrar el tatuaje en el hombro derecho
-Siempre dicen que las apariencias engañan- se agachó junto al apalizado Takeo -Vamos a arreglar las cosas como se deben arreglar ¿Qué te parece?-
-Por favor no me mates ¡Lo siento! ¡El alcohol se me ha subido a la cabeza! ¡Nunca le faltaría el respeto a la yakuza!-
-Craso error, viejo. No le faltes el respeto a la yakuza, ni a las mujeres, ni a los niños, ni a nadie en general ¿Qué te parece?-
-¡Sí, señor! ¡Perdóname!-
-Ahora vas a entrar ahí dentro y vas a pedirle perdón a Kumiko, de rodillas-
-¡Sí, señor! ¡Lo siento!
-Y vas a vaciar tu cartera en su mano-
-¡Sí, señor!- Ren acabó suspirando
-No eres más que un viejo patético sin nada en la vida ¿eh?-
-Yo... yo...-
-¿Estás casado?-
-S-sí... mi mujer se llama...-
-No, no. Me da igual cómo se llame esa santa mujer- le palmeó la espalda -Sólo vuelve con ella y dedícate a tu hogar. Y confíesale que eres un puto cerdo ¿Eh?- sonrió -Y si te abandona, que ojalá lo haga viendo la clase de hombre que eres, no quiero verte por aquí lloriqueándole a las chicas ¿Está claro? Si apareces otra vez por aquí, espero que sólo sea para pasar el rato e irte en paz ¿Qué te parece?-
-S-sí... lo-lo siento...- Ren lo ayudó a ponerse en pie y lo acompañó adentro de nuevo, donde le ofreció un pañuelito para limpiarse la sangre de los labios. Observó de brazos cruzados cómo se disculpaba Takeo con Kumiko y le pagaba todo el dinero que llevaba encima por compensación. La chica quiso negarse a aceptar tanto dinero pero Ren la convenció con un asentimiento de cabeza. Finalmente Takeo se marchó hacia la puerta
-¡Vuelve otro día!- se despidió sonriente el muchacho
-Ren-kun... no era necesario que...- la chica le agarró la manga de la chaqueta
-Siempre es necesario- suspiró el joven -Cuando vienen creyéndose los reyes del mambo hay que bajarles los humos. No deben olvidar quiénes somos y por qué somos los dueños de este lugar. La yakuza tiene un nombre que mantener, un honor que preservar. Y si es necesario, lo lavaremos con sangre- la chica no sabía qué decir -Anda, vete por hoy si quieres-
-¡No! Es mi trabajo. Debo cumplirlo-
-En ese caso sonríe, mujer. Tómate algo, descansa un poco y vuelve a lo tuyo- sonrió. Ella le devolvió la sonrisa y asintió animada
-Muchas gracias por la asistencia Ren-kun- Ren le devolvió ligeramente la inclinación de cabeza y la chica se marchó. El joven salió al exterior, a la calle del aclamado Kabukicho. Se encendió un cigarro y exhaló el humo con desasosiego. Otra larga noche más, a la espera de que algo pueda ocurrir... a veces, algunas veces, se imaginaba viviendo otra clase de vida.
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